viernes, 10 de junio de 2011

HISTORIAS DE TESOROS PERDIDOS Y NO ENCONTRADOS

Son muchas las historias que se cuentan sobre tesoros. Es cuestión de fe. Yo la tengo. La historia comienza en Torrejoncillo del Rey, año 1955, justamente el año en el cual yo nací. Un vecino del pueblo, Pedro Morales, soñó que en el lugar denominado “La Mora Encantada” se encontraba tras excavar, un ataúd blanco, que contenía en su interior un tesoro de monedas de oro. Confiado el hombre se lo contó a un vecino y a su yerno y en compañía de ellos marchó hasta el lugar. Después de excavar 5 metros se encontraron con las paredes de un pozo picado a mano y tras profundizar unos 25 metros se encontraron un boquete y una gran estancia de la que salían diferentes galerías de paredes de cristal. Ese era el palacio de la Mora Encantada. Las burlas fueron de cuidado. Desde Cuenca acudieron hasta el pueblo diferentes autoridades que terminaron por determinar que la cavidad era una mina romana de 2000 años de antigüedad de lapis specularis.

Viene esto a colación porque mi abuelo tuvo un sueño parecido, esta vez relacionado con Pinarejo, y con un tesoro. Cuenta mi padre que mi abuelo acudió en diferentes ocasiones hasta el lugar soñado en búsqueda del tesoro y que nunca lo encontró.

Hace de esto, ya, casi unos treinta años, en una de las temporadas que pasé en el pueblo, mi padre me llevó hasta el lugar donde mi abuelo había buscado el tesoro. No recuerdo con muchos detalles la zona. Sé, que un día salimos, mi padre y yo, del pueblo camino del cementerio; que llegamos a la Poza de las Pitas, que luego continuamos andando durante bastante tiempo y que llegamos a un lugar en el que había muchos tiestos, trozos de teja, y, cerca de allí en un saliente de una elevación sobre el terreno descubrimos muchos agujeros excavados en la roca.

¡Aquí! Me dijo mi padre, es donde tu abuelo y otros estuvieron buscando durante algunos años el tesoro.

Hablamos de que esto pudo ocurrir sobre principios del siglo XX. Casi nada, lo que a caído.

Aquella mañana, mi padre y yo, dimos diferentes vueltas por el lugar hasta que vimos unos trozos de pequeñas vasijas rotas y de tapaderas con agujeros por los que se tenía que haber pasado necesariamente alambres o cuerdas para sujetar las tapaderas al cuerpo de los bucaros/tinajas. Yo recuerdo, también, que encontré una moneda muy sucia que guardé con el ánimo de limpiarla con algún tipo de ácido.
Al asunto no le dimos más importancia, yo había estudiado arqueología en la facultad así que recogí algunos cascotes, cerámica, para estudiarlos y nos alejamos del lugar. Con el tiempo estudie la cerámica y resultó ser de época medieval, pero había un trozo de cerámica, en concreto, que todavía guardo como si fuera un tesoro. La verdad es que me llamó mucho la atención. Era un trozo de  vasija de unos 4 centímetros cuadrados de superficie que tenía dibujado a punta de estilete, punzón, un caballo muy bien perfilado. Comprobé diferentes catálogos sobre la época ibérica y este caballo resultó ser similar a aquellos que aparecían en el catálogo que se correspondía con un poblado de época ibérica, denominado “San Miguel” de la localidad de Liria, en Valencia.

Mi padre con el tiempo me diría que lo que no sabía a ciencia cierta era si lo de mi abuelo había sido un sueño o consecuencia de las conversaciones que había escuchado mi abuelo siendo niño, cuando se quedaba a dormir, en casa de unos terratenientes del pueblo que no tenían hijos.
Lo bien cierto es que el tesoro pudo existir. Se podrían aportar más datos si aquella moneda que encontré en el lugar hubiera sido limpiada, como era mi propósito, pero la verdad sea dicha es que la perdí en el trayecto que hicimos desde el lugar donde hice el hallazgo hasta el camino donde habíamos dejado el vehículo. Después, ni por curiosidad volví adentrarme en el lugar. Recuerdo que imponía, que reinaba un silencio tremendo y que parecía que el tiempo se hubiera detenido. Todavía hoy me recorre por el cuerpo algún escalofrió cuando recuerdo aquel dichoso lugar donde mi abuelo soñó con el dichoso tesoro.

Al igual que la historia de mi abuelo hay otras historias a lo largo y ancho de la geografía peninsular casi todas ellas tienen que ver con musulmanes y moras.
Algunos ejemplos:
En Duáñez aseguran que en ese cerro, castro, se halla oculto por “los moros” un tesoro, todo él de oro. Junto con esta tradición existe otra relacionada con el mismo lugar, una leyenda según la cual una mora, cada madrugada de San Juan, bajaba a lavarse la cara la fuente del lugar de Fuentetecha.

“El Diccionario de la España Mágica”, editada por Espasa. Se habla de la época carlista y de escondrijos en pellejos de buey repletos de oro,

En Cigudosa, lugar soriano cercano a la frontera con Navarra, la tradición de tesoros viene explicada en forma de minas de plata, oro y platino,

En Jodra de Cardos existe un paraje llamado “El mirón y la mirona”, del cual aseguran, una tradición oral mantiene que en ese paraje hay enterrada una piel de toro llena de oro.

en Zayas de Torre, donde existe un paraje con el nombre de “Boca de los moros”, recuerdan viejas conteras según las cuales el pueblo estuvo murado, y la puerta cerrada por los moros con una cadena de oro, posteriormente enterrada y desaparecida hasta la fecha.

Bueno como ven hay para divertirse. Es cuestión de coger una buena pala y armarse de paciencia.

José Vte. Navarro Rubio

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