miércoles, 2 de noviembre de 2011

EL CASTILLO DE GARCIMUÑOZ Y FRAY GREGORIO DE ALARCÓN

Hoy vamos a hablar de Fray Gregorio de Alarcón, nacido en el Castillo de Garcimuñoz el 12 de septiembre de 1576. Según se recoge en el libro de Juan José Vallejo Penedo, OSA, "Tornaviaje, El episcopado agustiniano en Hispanoamerica y Filipinas (1533-1821).  Profesó fray Gregorio en el convento de  recoletos de Salamanca, fue Provincial en su congregación y fue presentado para la diócesis de Nueva Caceres (Filipinas) pero antes de ser nombrado en Roma se le presentó  para Santiago de Cuba, siendo nombrado obispo el 29 de abril de 1624. Se consagró en Madrid en el convento de los recoletos poco después, siendo el obispo consagrante Fr. Juan Bravo  de laguna, OSA, obispo de Ugento (Italia). Se embarcó en Cadiz en el mes de julio de 1624 pero falleció en agosto, durante la travesía, cunado se encontraba a la altura de la isla de Saona, cerca de Santo Domingo . Su cadaver fue arrojado al mar.

El hecho de su muerte trágica fue considerado por algún cronista perverso miembro de la Recolección como un castigo divino por haber aceptado el nombramiento cuando su congregación tiene prohibido asumir dignidades y prelacías.

Sobre el viaje a Roma en la página oficial de los Agustinos Recoletos. Provincia de San Nicolás de Tolentino, se recoge lo siguiente:

Aquellos “trece de la fama”, plantados ante el Papa

23-01-2010

El 23 de enero de 1610, el papa Paulo V promulga un documento por el que anula la supresión de los agustinos recoletos, que había decretado poco antes. Se debió sobre todo a la presión ejercida por Gregorio de Alarcón y otros 12 recoletos, desplazados a Roma.

Se cumplen hoy, 23 de enero, 400 años del breve Aliquam postquam. En virtud de este documento, el papa Paulo V revocaba otro suyo por el que suprimía la Recolección agustiniana, cuando ésta no había cumplido siquiera un cuarto de siglo. Posiblemente no ha habido en toda la historia de la Orden un momento tan crítico y providencial como éste. Y pocos recoletos han hecho gala de tanta humildad, decisión y amor al hábito como Gregorio Alarcón de Santa Catalina.

La manifestación que duró más de un año

Con el breve del 23 de enero de 1610 culminaba un espectáculo que hubo de tener
admirada a la ciudad de Roma durante muchos meses: el de trece frailes agustinos recoletos, de pies descalzos y aspecto venerable, que esperaban ser recibidos en audiencia por el papa Paulo V. Habían venido caminando desde España y eran el centro de atención, no sólo de curiosos y visitantes, sino también del embajador español y de todos los círculos diplomáticos.


Podemos imaginarnos a
aquel pelotón de religiosos, de hábito negro y humilde continente, plantados en los alrededores de la plaza de San Pedro y haciendo allí, en público, su vida conventual (rezos, ceremonias y comidas), mientras esperaban la audiencia. No mostraban pancartas, de seguro, ni hacían declaraciones; simplemente esperaban. Pero su presencia ya era una medida de presión, que terminaría surtiendo los efectos apetecidos.


Antes de las navidades de 1609, probablemente, y
tras casi un año de acampada en Roma, el grupo de frailes recoletos es admitido ante el Santo Padre, a la sazón Paulo V, de la poderosa familia Borghese. Todos cumplen el ceremonial entonces de rigor: hacen ante él las tres genuflexiones y le besan el pie. En nombre de todos habla Gregorio Alarcón de Santa Catalina, provincial. Sus palabras iniciales son de impacto, tomadas de las Lamentaciones del profeta Jeremías: Recuerda, Señor, lo que nos ha ocurrido. Míranos, y ve cómo nos ofenden (5, 1). Luego continúa exponiendo su situación con vigor, brevedad y abundancia de razones. Termina llorando él, lo mismo que todos sus hermanos.

El Papa está enternecido, pero no por ello deja de pedirle cuentas a fray Gregorio. A sus oídos han llegado voces que
lo acusan de ser un ambicioso. Alarcón no se defiende; responde, simplemente, con el gesto de humildad tradicional en los conventos: se postra y besa el suelo, sin decir palabra. El Pontífice le pide una explicación. El fraile se limita a mostrarle el hábito áspero que viste, así como sus brazos y pies, llagados del camino. Añade que, de ser ambicioso, se habría servido de sus cargos para vivir regaladamente. La respuesta es del agrado del Papa, que imparte su bendición sobre el grupo. El breve tan ansiado no tardará en concederse.


¿Qué había ocurrido para llegarse a una situación tan extrema? Hubo de ser algo de suma gravedad. El núcleo del problema tiene que ver con personas concretas, aunque hay todo un mar de fondo que desencadena la crisis.

Acuerdo preelectoral

Los hechos escuetos son contundentes y graves. La rivalidad existente entre los dos
líderes de la Recolección, Alarcón y Juan de Vera, desemboca en un acuerdo que atenta contra el régimen representativo propio de una comunidad religiosa. Según dicho acuerdo, en un primer trienio Vera sería elegido Provincial y Alarcón prior del convento de la ciudad capital; y al trienio siguiente se trocarían los puestos. Así se hace en el Capítulo de 1605, en el que Juan de Vera sale elegido Provincial y Gregorio de Alarcón es el prior de Valladolid, la ciudad donde reside la corte de Felipe III.


Pero ocurre que, al año siguiente,
la corte es trasladada a Madrid, y Alarcón hace valer sus derechos. De acuerdo con el provincial, hace elegir para Madrid un prior que debería canjear de inmediato su priorato por el de Valladolid. Y así se hace.


Las cosas no quedan ahí, sino que se llega incluso al
enfrentamiento abierto entre los dos protagonistas. Estamos a comienzos de octubre de 1607 y Juan de Vera realiza la visita oficial al convento de Madrid. A juicio de Alarcón, la inspección dura demasiado, y así lo manifiesta públicamente, cosa que inquieta y siembra la discordia en la comunidad, hasta el punto de obligar a intervenir al Nuncio. Vera es amonestado pero, a su vez, él suspende a Alarcón de su oficio de prior y lo destierra de Madrid durante seis años.
 

Llega finalmente el
Capítulo, en abril de 1608. A la hora de los nombramientos, resulta elegido Gregorio de Alarcón. El presidente, delegado del Nuncio, se niega a confirmar la elección y pide se elija a otro candidato. Hay nueva elección y Alarcón es elegido de nuevo.


A raíz de esto, el escándalo se hace público y Vera confiesa al Nuncio la componenda. El Nuncio la comunica a Roma y se desencadena un
conjunto de presiones que culminará en el breve del 16 de julio de 1608, por el cual los agustinos recoletos son incorporados a todos los efectos a la Orden de San Agustín, de la que habían nacido. Los 23 conventos que la Recolección cuenta en Castilla, Aragón y Filipinas, quedan desligados entre sí y sujetos a la autoridad de los agustinos.

Mar de fondo

Puede sorprender que este incidente de alcance personal desencadenara una decisión tan grave en Roma. Pero hay que tener en cuenta que no se trata sólo de un asunto eclesiástico. La reforma de los agustinos recoletos, como tantas otras de este tiempo, obedece a la voluntad decidida del
rey Felipe II; es una de sus líneas políticas. Ya estaba claro en 1588, cuando la reforma se lleva a cabo. Y, por si quedaran dudas, el Rey Prudente lo remarca cuatro años más tarde, cuando el provincial agustino Gabriel de Goldáraz comete la ligereza de obligar a sus recoletos a calzarse. Éstos presentan un memorial al rey y él prohibe a Goldáraz innovar nada, porque la Recolección –dice ha surgido “por determinación de mi real voluntad”. El hijo de Felipe II, Felipe III, continuará la misma política de apoyo a las órdenes reformadas.

No es de extrañar, pues, que en todo este asunto intervengan funcionarios, ministros y embajadores, igual que el General agustino de Roma, el Nuncio y los altos representantes de la Curia pontificia. Todos, de una u otra forma, influidos por el
clima de tensión que caracterizan la relación entre las dos ramas, de agustinos y agustinos recoletos.


Un ambiente de tensión que siempre había existido –desde que surgen la primeras comunidades recoletas, a partir de 1589- y que se va haciendo más denso a medida que éstas aumentan en número e incrementan su autonomía. Ciertamente, el acuerdo entre Alarcón y Vera tiene connotaciones personales y egoístas, pero también representa el
intento de los dos líderes recoletos por aglutinar el grupo de sus hermanos de hábito, que se siente amenazado por las pretensiones de los agustinos.


En fin, cabría preguntarse si el estado de las comunidades recoletas justificaba una decisión tan radical. Y no parece que fuera así, a juicio de los historiadores. El común de los frailes llevaba una
vida de plena observancia, bien ajenos a las tramas y ambiciones de unos pocos. Eso es lo que Gregorio de Alarcón hace valer ante Paulo V.

Relacionado también con su vida Gil Gonzalez Davila, recoge en el tomo I de la obra "Teatro eclesiástico de la primitiva iglesia de las Indias Occidentales...", que tuvo por patria Fray Gregorio al Castillo de Garcimuñoz y fueron sus padres el licenciado Avila y Elvira de Alarcón. Fue religioso de San Agustín y tomo hábito en el convento de Salamanca el 22 de septiembre de 1576. Fue de los primeros religiosos que tuvo la descalcez de esta orden y Provincial en ella. Fue a Roma a cosas de su religión a pie en el año 1612, electo obispo de Caceres en Filipinas y Obispo de Cuba. Consagrole en el convento de los Recoletos Agustinos de Madrid D. Juan Bravo de laguna, obispo de Urgento, religioso agustino. Partió a su obispado a pie descalzo y el Consejo de las Indias le mandó fuese con la decencia que pide la dignidad. Embarcose y murió en el mar, donde fue sepultado. Celebra su memoria en su alfabeto agustiniano el reverendísimo P.F. Tomas de Herrera pag 305. Col. 1 y 2

Otra bibliografia:

Patritium Gauchat, OMconv. Hierarchia Catholica medii et recentioris aevi vol. IV Monasterii 1935 p. 206

Vidal Guitarte Izquierdo: Episcopologio Español 1500-1600. Españoles obispos en España, América, Filipinas y otros paises. Roma 1944 nº 923 

Autor: José Vte. Navarro Rubio

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