viernes, 14 de febrero de 2014

POESÍA: EL DÍA EN QUE CIRONDO FUE HECHO PRISIONERO POR SOLDADOS DE CABALLERÍA




La historia cuenta mentiras
que se trasmiten como la polvorilla,
aunque si en ella te recreas 
y pones puntería
al final se ve la luz 
y lo que en principio parecía una batida
para acabar con un bandolero y su cuadrilla
se convierte en una batalla entre soldados que defendían
cada uno de ellos y a su manera a la España que querían.

Las facciones del Peregil y del Picazo
estaban en el punto de mira
del comandante de una columna
que se debía 
a las ordenes que recibía
por aquellos años de mil ochocientos treinta y cinco, 
de la regente María Cristina

Dicen que hasta  el pueblo de Solera
llegó un 25 de diciembre de 1835 la caballería
con once soldados a caballo y un capitán que los dirigía
para matar o hacer prisionero a Cirondo y su cuadrilla
que por aquella zona andaban haciendo fechorías.

En una noche lóbrega
de aullidos en la montaña y nieve hasta más allá de la rodillas
hasta El Peral se arriman
los soldados y la milicia
para acabar con quien era
el terror de las tropas realistas
por aquellas tierras tan pobres como una vieja zapatilla.

El mesonero del Peral
Francisco Antonio León,
por Cirondo lo conocían,
estaba en aquellas Navidades en buena compañía
con un hijo de su alma
y otro compañero que bien le servía
cuando sintieron gritos en el pueblo de Solera donde se escondían

Tras registrar las casas que a su paso les salían
con bayonetas caladas y teas encendidas
y entre gritos que se oían
hasta más allá de donde los cerros se perdían
por fin caerían las tropas y milicias
sobre el lugar exacto donde Cirondo, Manuel y Nicolas, hijo y muy buen amigo de cuadrilla tenían por aquello noche su guarída.

Tres horas duro la refriega
entre milicianos del Campillo de Alto Buey,
los soldados del escuadrón ligero de caballería
y los bandoleros del Picazo y del Peral
que en una casa se escondían.

A las seis de la mañana padre e hijo heridos por balas perdidas
pidieron el alto el fuego a voz partida
y llenos de cadenas de vil meta construídas
fueron conducidos como alimañas cazadas en una batida
hasta la cabeza de partido para que se hicieran con ellos justicia.

Los pobres de la zona  salían
hasta los caminos para despedir a quien les socorría
y con lágrimas en los ojos y gestos de ternura
rogaban a Dios y maldecían
a aquella milicia urbana y a aquellos soldados de caballería
que por servir a una reina se llevaban al rey que para ellos querían.

Cirondo que los ve
atiende con su vista
todas aquellas muestra de apoyo
mientras mira a su hijo que todavía respira
y se le oye decir con voz
que parecía salir del fondo de una mina
en mitad de aquella senda maldita:

"No pedir por mí
y si sois buenos cristianos
saber que en el monte también Dios atiende a quienes por mi suplican".

Sobre su cuerpo abatido
al cabo de unos días
unas palomas volarían
en señal de esa paz que el quería.
Palomas que marcharían
después del duelo y despedida
camino de una cueva con dos salidas
en la que Cirondo en sus tiempos vivía
cuando en El Peral residía y de las tropas y de las milicias se escondía.

Por Villaescusa y Palomares
otras refriegas también se producirían
por aquellos años y días
en nombre de una reina
que para ella quería
ganar plazas y reinar sobre una España dividida.

Las márgenes del Záncara
son escudriñadas por milicias
que buscan a Reserva y a su cuadrilla
para llevarlos hasta Cuenca y allí darles la pena merecida.

Para 1856 en España se oía
para esos días que Narvaez desde su cima imponía
leyes fundamentales del estado que de esta forma se acatarían:

Que  vivan, vivan los nuestros
y viva la religión;
viva la reina absoluta,
muera la Constitución. 


Mientras en El peral y La Jara
en esos años de tanta apatía e inestabilidad política
algunos maldecían
el día en que el Cirondo y la Gavilla
fueron exterminados en nombre de la justicia.

Como todos se quieren tomar justicia
las casas de algunos allegados a aquellas antiguas milicias
serían apedreadas de noche y de día
y sus ocupantes hechos prisioneros para que decidiera la justicia,
pues Cirondo y la Gavilla no fueron criminales que sirvieran su lujuria
ya que repartían los dineros que cogían
entre ellos a la afamada, en El Peral, tía Fermina.

Autor: José Vte. Navarro Rubio

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