martes, 11 de febrero de 2014

POESÍA: ENTRE PUEBLOS DE LA MANCHA Y DE LA MANCHUELA ME ENTRÓ HAMBRE

 
De paso  por esos pueblos de la Mancha, Manchuela,
o como quiera que se les llame sin dedir nada más del caso,
uno que de siempre se ha sentido desde los pies a la cabeza manchego ¡que halago!
contempla esas estampas cotidianas
que aun siendo del todo para algunos indiferentes,
ciego andaba la galga o el galgo,
a los nacidos por estos lares, pueblos y poblados
no saben a miel con hojuelas y a churros mojados
con chocolate en tazón de un palmo de altos.

En San Clemente sus palacios y conventos
compiten con una calle de nombre Carretería
con olores a mercado árabe y cristiano
y si de paso compras embutido, jamones, carne y adobados
y te das un baño de vino tinto o clarete
de allí sales tan mareado
como lo hizo Don Quijote,
de alguna de las Ventas, camino del combate o de  algún majano.

Pero no está todo dicho
en eso de nombrar pueblos, sin venir a cuento, ni al caso,
por eso a poco que se ve a lo lejos Belmonte
te encuentras con un castillo de los más importantes
en lo más alto de un monte encaramado.

Por allí hubo curas y monjes
y frailes de la altura de Fray Luis de León, rimando pareados,
y de tanto este pueblo ser cuna,
de personajes importantes y de Dios entusiasmados,
en Belmonte se ganaban la fama los que iban a la corte
y volvían de Madrid en bellos carruajes montados
recorriendo las calles a golpe de cascos
para buscar hospedajes en casas de hidalgos
y algún que otro noble, rentista de cuna,
y pobre en obras espirituales y hacer aguinaldos.

En Las Pedroñeras, patria del ajo,
 y capital de la guía Michelín, con estrellas de mando,
en plaza, puerto y buenos paisajes, pintados en un cuadro,
se inspiró un pintor
para dibujar cabezas de tanto rango
que ya los ajos
son al igual que los almirantes casi reyes,
unos de la Mancha, en tierras de secano,
y los otros con birrete y sable
de los anchos mares y océanos con sirenas recitando salmos.

De camino hacia Pinarejo
me detiene el hambre
y en la Alberca como chuletas de cordero, de un año,
hechas a la lumbre con sarmientos tan resecos que a gritos piden cadalso
y de allí sin detenerme aterrizo por arte de magia, entre curvas y meandros,
en Santa María del Campo Rus, protegida desde siempre por sus buenos amos,
y por una coqueta alameda de esbeltos árboles encantados
y ya en su plaza me despido
después de santiguarme de pie y mirando hacia abajo
para irme derecho a Pinarejo
tras pasar por unos cerros tan blancos
que parecen grandes panes colgando de un refajo.

En Pinarejo me encuentro con gentes mayores
en la esquina del Molinillo mirando
mientras con sus meneos de cabeza y guiños de ojo, sin venir al caso,
me acompañan  hasta más allá de la Carrera
donde el coche, ya del todo frenado,
pone punto final a este viaje, de repente pensado,
entre galgos, conejos, perdices y liebres, por tanta tierra de secano

Dios perdone
mi ímpetu
pero es que me arreciaba
cual tormenta desperdigando nieve, a dos manos,
tantas ganas de pueblo
que nada más llegar a casa
encendí el fuego, con pedernales de la tierra arrancados,
y me dispuse a leer  el libro titulado:
"Summa de Magroll El Gaviero"  de Álvaro Mutis,
antes de que el sueño me llamara y yo le hiciera caso.


Autor: José Vte. Navarro Rubio

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