lunes, 15 de septiembre de 2014

POESÍA: DE ESA CIUDAD CON UN PUENTE COLGANDO


Solo blancas las palmas de las manos
y los dientes de tanto lucir su encanto.
Ellos viven desde siempre pensando
que este será un mal año
y los otros, los blancos, todavía sus amos
en lo mucho que sacarán al negro que tienen atemorizado.

La historia ha cambiado su formato
pero en el fondo a sus paredes pegadas a base de latigazos
los negros son negros, primeros brazos,
y ellos, los blancos, nacieron para exigir obediencia y trabajo.

En el parque una fuente
y en el árbol como reclamo
el picotazo
del pájaro carpintero
que se cambió de ciudad para mejorar en su trabajo
y continua horadando
diferentes troncos de la misma especie de árbol.

Por ser ciudad
y en ella encontrarse la buena fortuna del trabajo
hay un centro protegido  y unos aledaños
donde la basura se amontona en años de buen grano.

El puente lleva entre tornillos y tuercas de gran calado
al lugar exacto
donde las hormigas realizan su trabajo
para volver ya con el sol apagado
al hormiguero que se abre donde el humo hace señales llamando
a los dioses de la guerra que se han entretenido comprando
entradas de fútbol y perritos tan calientes que en ellos se derriten los labios.

Un tren gruñe a un gato
que enfadado se cuelga sobre el espacio
y espera a que pase el vagón de ganado humano
para mirar con ojos felinos a quienes le dan trabajo matando ratones de gran tamaño.

No enamora la ciudad ni el trabajo,
ni sus parques en los que crece el paro,
palmo a palmo,
como si sus bancos de madera, hierro fundido y estaño
fueran las oficinas de colocación y en ellos se diera trabajo.

No enamoran los ojos de un pobre lisiado,
meneando constantemente un bote y clamando
esa piedad que Jesucristo regaba con milagros.

Enamora el asfalto tan negro
y por el pasando
a velocidades de espasmo
coches de gran tamaño
que solo dejan humo que poco a poco se va apoderando
de esos espacios en los cuales germinamos los seres humanos.

La ciudad fue hecha
para que en ella vivan los payasos
con su circo a cuestas, globos, canciones y espectadores sentados
a la espera de levantar los brazos
para irrumpir con todas las fuerzas del mundo en millones de aplausos.

Autor: José Vicente Navarro Rubio

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