domingo, 14 de septiembre de 2014

WALT WHITMAN O CUANDO EL RELOJ ANUNCIA LOS INSTANTES


Whitman no fue la última palabra
por aquellas tierras oída,
ni con él nadie se marchó de fiesta
para ver de cerca la alegría
pues él solo, sin más ayuda,
escupía por sus propios poros poesía.

Solo necesitaba de la luna
y de la niebla de los pantanos
y de la alegría de los pasajeros que bajaban por los ríos
para sentir aquello que el contaba en las noches de las tabernas abiertas a las almas nocturnas.

Llegó a la ciudad que temía,
cruzó su río
y calado con un sombrero
bebió de esa agua maldita,
que se convierte en pólvora a poco que le pongas el aliento encima.

En esta locura
nos sale hoy Whitman de su tumba
y a la grupa de un caballo blanco
por mi cabeza cabalga mientras levanta el polvo de los caminos
que se queda impregnado en su camisa.

Viene desde las viejas culturas
a contarnos sin rechistar ni oir sirena alguna
cosas que tienen que ver con tradiciones perdidas,
todas ellas al amparo de aquellos espacios cargados de verdes y azules pinturas
de las praderas, montañas, ríos, lagos, cordilleras, valles y desfiladeros,
con sus respectivas vidas.

Un día dejó Whitman su casa
y se marchó a la ciudad en la cual dormía
aquel gran sapo con patas de araña nocturna
que en el habitaba como si su cuerpo fuera su sepultura.

Fue en el Oeste de un país,
en el Norte que se aproxima,
en el Sur que empobrece a quien en ellos se animan a vivir su vida,
en el Este con salidas de sol que queman la vista
donde Wair Whitman se animó a a lanzar su oración, alegato a la vida.

¿Ya muerto
y resucitado entre las raíces de una sabina
que nos diría
de esos barrios de negros
que en Nueva York no se privan
de ser todavía más negros
que lo que se ve a través de una ventanilla
de un taxi que pasa a toda prisa
cerca de las primeras viviendas con vistas a la pobreza extrema y a la droga dura?

De cerca, tan de cerca camina
que aprecio su melodía a cantante que a si mismo se escuchaba
y que con su vieja filosofía de encantador de serpientes
llenaba los porches de las casas
de relucientes expectativas,
como si el oro de los ríos y de las montañas abiertas en sus profundidades más intimas
viajara en su mirada y sirviera para alimentar las almas distraídas
de los aventureros, pieles rojas, tramperos, soldados de caballería
y damas de alta alcurnia, mientras America se inundaba de biblias,
maquinas de vapor y rifles con buenos puntos de mira, que servían,
para dejar los espacios abiertos a las nuevas culturas
tan invasivas como la rabia, la sífilis y el mal que trasmiten las termitas.

Autor: José Vicente Navarro Rubio

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