sábado, 6 de septiembre de 2014

POESÍA: LA TUERCA Y EL TORNILLO



Es la tuerca la que aprieta
y se hunde sobre el tornillo
y a cada vuelta de rosca se oye un quejido
a rama rota
que emerge de un tronco desnutrido.
Y en cada instante
en esa fabrica que es la vida
aparecen llaves de todos los tipos
para apretar las tuercas,
de ese grifo
que si una vez era fértil dador
de refrescante liquido
ahora se ha convertido
en un instrumento de adorno
del cual brotan entre periplos
lágrimas que hace nacer ríos
de nostálgicos y pobres del mundo.
Ya tenemos la llave y el grifo,
la rosca y el tornillo,
con su cabeza y cresta
y con su paso incluido,
cuello de cisne y avance sobre los desiertos del mundo.
Ya tenemos la llave
y casi el patíbulo,
las personas sobre las que ejercer el sacrificio
y a los dioses de las finanzas reconvertidos
en becerros de oro, total falsos ídolos,
por el pueblo maldecidos.
Cae rayo
y con tu esplendor infinito
llévate al reino de las tinieblas
a quienes de ellas nunca deberían haber salido.

Autor: José Vicente Navarro Rubio

POESÍA: IMAGINAR LO QUE SERÍA UN MUNDO SIN DEUDORES

Sabemos lo que somos porque en los pliegues de los días
después de ser comidos por la noche
se esconde el origen de nuestro nacimiento
como especie humana reina del orbe que conocemos.

¿No tendrán razón los viejos alquimistas que volteando probetas vendían sueños inalcanzables?

Si me preguntas, que lo dudo: ¿pues a ti que te importa esto?
Diré que soy uno más, vestido con mi mono de verano o de invierno
en esta gran región de la vida a la cual servimos desde pequeños.

De la infancia aquella que saltó de la grupa de un caballo
para irse en veloz locomotora de carbón hacia la ciudad que domina a las personas,
quedaron, quietas, imagines que no se borraran nunca,
así las cojamos con tenazas o las inflemos con oxigeno puro
sirviéndonos de fuelles que solo sirven para atizar la llama del deseo.

Por eso ahora acelero hasta que el pulso marque la frontera que lleva al ocaso
y si tu me preguntas el por qué de tanta osadía,
te diré amigo que no hay mirada de acero allí donde el peligro no te rozó alguna vez.

Me explico en lo que puedo al igual que lo hacen aquellos que se saben por todos queridos
y si suenan risas de hiena
diré aunque solo sea por una vez en mi vida que no tengo miedo,
ni a la muerte que siempre se presume lejana como el gordo de la lotería
ni a lo que de mi se diga,
una vez desaparecido y viviendo en las verdes praderas donde el viento a menudo se descara
antes de azotar la faz de quienes viven ajenos a lo que delante de ellos se abre.

No son en páginas de libros donde figurará tu vida ni la mía,
a lo sumo todo quedará remarcado en viejos documentos:
un libro de familia, un carnet de identidad, unas nominas de insomnio,
y unos diplomas de insolvencia,
como licenciado albino que disfrutaba huyendo de los días.

Soy un hombre marcado por el destino al igual que el resto de seres humanos
y a lo sumo viviré pendiente hasta el último día
de cuidar ese jardín en el que solo crecen plantas domesticadas
que de vez en cuando hay que regar y podar para que den más frutos.

A veces pienso:
En lo que fui y me queda por delante,
incluido ese replique de campanas por un Dios ido hacia el otro mundo
en un día de una Semana Santa.

Pertenezco a la especie de los dominadores
y de ser vencido en la batalla, que lo seré sin duda,
quiero que lo sea por la fuerza del mar, del viento, de los accidentes gramaticales de la vida,
pero nunca por las malas mañas de quienes como yo pueblan el mundo al mismo tiempo.

Rectifico:
Ni a los cañones ni a las balas, ni al fuego, ni al hachazo, ni a la navaja, ni a la soga con nudo,
les tengo miedo,
sólo me temo a mi mismo pues no se como afrontaré esa despedida
a la cual damos una solemnidad que no se merece
pues las despedidas se deben de hacer con sonrisas y no con llantos y tonos de caras demacradas.

Fue hace años cuando marqué una cruz en un calendario
y aquello que entonces me parecía muy lejano cada vez se acerca más,
al tiempo que las hojas se arrugan, los meses perecen comidos por los años
y los años cambian de siglo con tanta facilidad que me da asco.

No era de esto exactamente de lo que quería hablar.

Me ha animado en ello
el desprecio que veo en los ojos de quienes nos gobiernan
y en las carteras llenas de aquellos que se llevan nuestros dineros
hacia esos paraísos fiscales en los cuales un Dios un día sacó un látigo
para repartir leña a los mercaderes que jugaban con el destino de las personas.

Me quedo con ese Dios terrenal
tan cercano a los pobres, prostitutas, desamparados y enfermos
y dejo para otros
los rezos innecesarios que solo llevan al aburrimiento eterno.

Imaginar lo que sería:
Un mundo sin deudores, con pobres bien alimentados,
con no más ricos que los que caben en un átomo de buen humor,
y con una justicia tan entera
como el pan que se cuece en un horno antes de ser repartido.

Imaginarlo, al menos por una vez,
e iros a dormir si todavía sois capaces de conciliar el sueño.

Y es que todo es posible
desde el terremoto que se lleva por delante todo lo que pilla,
hasta la ciudad convertida en hogar de seres humanos iguales.

Esa lumbre y ese deseo pueden ser realidad
pues de no ser así me pregunto:
Para que nacimos y que es de todo aquello por lo que luchamos.

Autor: José Vicente Navarro Rubio

viernes, 5 de septiembre de 2014

POESÍA: ENTRE PREGUNTAS Y RESPUESTAS ABSURDAS

¿Y a dónde se acaba todo esto que veo?
Sólo el cemento como estructura y embalaje del cuerpo,
secreto póstumo de la tierra
que en ella misma entierra su propia vida.

El cemento y el asfalto son inventos del hombre sedentario
en su afán por salir de las cavernas
para vivir allí, en el espacio conquistado a sangre y fuego,
el dogma de su vida, canción aprendida al cuidado de una hoguera.

Todo esto es solo lo que le queda al hombre que se hace asimismo
después de escuchar  a otros hombres
hablar de cosas desconocidas que le aterran y aumentan su sensación de inseguridad jurídica..

Todo le queda:
amor intransitivo que cuando se vuelve loco pasa a ser como los fonemas
una carga de dinamita en el diccionario de las lenguas
que solo sirven para acariciar el sexo de las palabras cuando se relamen en los labios

Y el asfalto sirve para ganar la altura de los cielos
entre caballos de aspecto dañino  y ruedas de caucho sintetizado
que se pegan al suelo como el botón a la camisa
para ascender uno y guardar el otro, la piel descubierta
del paisaje de los cuerpos
creados ambos por la misma célula intransigente de la cual pende como un hilo
la vida de todo aquello que vemos sobre la tierra.

Me apresuro por llegar
a la cima de este dialogo mezquino
de quien solo conoce de la palabra su mensaje
sin esperar a que esas palomas que llegan hasta el balcón de la casa de mis padres
me digan con su abanico de palabras duras que solo son ellas
las que riegan los caudales de la inteligencia de mensajes y secretos
de otras gentes y de otras tierras
de las cuales nos servimos de forma innoble e inmerecida, sin respeto,
unos a su alma y ser, corrompidos, ambos, por los virus,
y los otros al dogma que les dictan desde un púlpito
abierto desde siempre a la palabra que se esparrama entre bóvedas y estatuas
de seres musculosos con caras placidas que habitan en los reinos perdidos de la ignorancia,
allí donde el ser humano construye sus fábulas
y se refugia de esos miedos que le hacen proclive a ser
como las manecillas de un reloj, disparate absoluto, con el cual medimos
todo aquello que no sirve para nada.

No resucitarán los muertos
pues murieron.

No vendrá nadie a decirnos
que se abre por la ventana un nuevo día
pues los días nacen al calor de la noche y de los sueños inverosímiles.

No vendrá la vida a darte otras cosas que no sea
lo que desconoces, bueno y malo,
en diferentes medidas,
para que tu te sirvas el te, invento del colonizador británico, creador de patentes,
pensando que por ello eres más civilizado.

No verás en tu trabajo la coherencia
ni la busques
aunque el calor apriete
y los libros se derritan entre las manos
en el aula de un colegio o de un instituto
que celebran su puesta al día
reclamando de la sociedad más cordura.
Esa sociedad a la que servimos
como ella quiere
aplicando el reglamento
como si fuéramos  soldados de plomo
al pie de unas catacumbas
siempre rectos y con caras desafiantes mientras los muertos allí apilados
nos saludan y dan las gracias por ser tan buenos guardianes del sistema por ellos escogido.

La sociedad no es una entelequia
pues tiene nombres y apellidos
que se dejan manejar por el ser supremo al cual sirven
y del cual toman su alimento en grandes pócimas de ignorancia y barbarie
que tienen siempre el aspecto de sopa boba, arrastrándose
de boca en boca y de playa en playa
como esas tortugas de su mismo nombre
que una vez puestos los huevos sobre la arena y tapados
se marchan para nunca más volver
pues con la vuelta moriría la especie con la cual se cubren de ese caparazón duro
que las protege de la rapiña.

Aquí nada pasa, a las siete de la mañana el día se levanta
sin más teorías o cuentos que los que ya conocemos por mediación de otros,
brujos que cuentan lo que quieren y les ha sido trasmitido
desde los comienzos de la vida.

Les dejo antes de que el sueño se vaya
y tengan de esa necesidad de llegar hasta aquí
para saber lo que pasa por mi cabeza
y reírse a gusto
o meditar
o morder el silencio de sus labios
o sacar la niña de sus ojos
hasta la corriente de unas lágrimas
para llenarse de color
antes de volver al misterio de los rayos de luz
que desde siempre desfilan por los mismos sitios
 y se alojan en la misma cavidad en la cual un hombre primitivo vio un amanecer
después de pintar con su sangre un ciervo
y lanzarle con los mismos pigmentos una flecha
que para siempre quedará sobre la piedra.  

Me voy sin ganas de acabar este comienzo de una poesía, un curso,
condenada a muerte antes de ser leída, antes de abrir el aula,
y lo hago a desgana padeciendo
por no haber sabido acertar, a lo mejor con mi mensaje,
y porqué se,
así está escrito
en uno de esos libros que cojo a mi antojo,
¿que más nos da el mensaje,
ni lo que ustedes esperan de él?
que
"hemos llegado arriba dejando en el camino el poliéster de la vida"
a lo que yo sumaría que también dejamos:
el cemento duro que se come lo que pilla
y el asfalto negro como una cucaracha,
la palabra aguda, lengua húmeda y sexo, todo en el mismo paquete,
el púlpito de escayola, los soldados de plomo invictos y las catacumbas de la ignorancia,
al extranjero piadoso y al hombre primitivo tan moderno,
el dogma que abate, al alma que desconocemos, la fe que aprieta
y al ser que somos de vez en cuando, sin habérselo pedido a nadie,
a las teorías absurdas, a los despertares radiantes con una  copa en el bolsillo,
a los soles, solo uno y a las lunas idem de lo mismo,
a las cuevas que habitan en nosotros desde siempre,
y a los pictogramas con pinturas que interpretamos a gusto de cada uno,
a la ignorancia y sabiduría que de vez en cuando se despierta para pegarnos un hachazo,
a las preguntas, con pocas exclamaciones, que suelen morir antes de ser interpretadas.

Ya hemos llegado
y dejo para otros la lectura,
después de releer yo tres veces el escrito
y esperar a que un gallo de mármol, con plumas sintéticas, cantara,
para irme a ese campo de olivos que en esta cosecha que se aproxima
solo dará hojas verdes
con las que hacer coronas que ya veremos para que sirven.

En su empeño me refugio
y de su saber hacer espero
que lo que hayan leído les sirva de provecho,
pues no diré nada más que no sea
lo que delante de ustedes ven escrito
antes de irnos todos juntos a visitar esas aulas
en las cuales la felicidad se mide por grados de sabiduría
y en la que los mensajeros, entre ellos yo incluido,
nos recreamos apaciblemente
trasmitiendo los mensajes que nos son dictados
y vistiendo a los pupilos con trajes hechos a la misma medida
como si el sastre estuviera loco
y las tijeras no conocieran de otro trabajo más innoble que recortar las expectativas
de quienes acaban de nacer a la vida y ya están para siempre muertos.

Autor: José Vicente Navarro Rubio

jueves, 4 de septiembre de 2014

POESÍA: EN LA VEJEZ LLEGAN LAS PALOMAS SIN MÁS TEORIAS

No es solo el cansancio de la edad
lo que le lleva en brazos que no dan más calor
que el de una cerilla,
es otra cosa,
es así se explica,
en algún tratado de psicología,
fructífera melancolía,
que cuelga como fruta madura
de esos árboles de la vida
que adornan los jardines babilónicos
de nuestras creencias en la quiromancia y magia oculta.

Se arrastró la cortesana lengua con pericia
y lo hizo a la salida
de la boca de un túnel
con tantos dientes cubiertos de porcelana china
que no más cabían
en la franja de hueso del cual pendían
entre músculos, carne y saliva.

En la silla,
encorvada la figura
y atraída
por el vaivén de los recuerdos,
tempestad en un mar que los convertía en pesadillas,
pasaba los días
a la espera, siempre espera,
de esa fatal noticia,
que a él le llegaría
como agua fresca de un pozo
extraída con una cuerda hecha con hilo de pita.

Cortesana con más historias
de las que nadie se creía
la lengua le servía
de lazo de unión con el día a día
que en aquella estancia transcurría
al tiempo que palomas de todas las gamas de colores que uno se imagina
entraban en la estancia
por una puerta que daba a una alameda perdida
que colgaba de una hipotética sonrisa.

Junto a él, el viejo de mi ahora vida, las palomas niñas,
aun tiernas en su quehacer diario y en su buena y externa vista
musitaban viejas teorías
que tenían que ver con una guerra y unas trincheras casi perdidas
en una Ciudad Universitaria de Madrid, junto a un cerro Garabitas,
con pesadas piezas de artillera que batían y peinaban,
sin ningún tipo de franquicia,
la prensa diaria de una capital de la II República casi pedida.

Por ser de paz las palomas
solo traían
su hambre cogido a las alas
y en las garras afiladas por su inocente osadía
ramas secas que ofrecían a quien de ellas solo les exigía,
para volver a sus recuerdos, puntualidad absoluta.

Autor: José Vicente Navarro Rubio  

POESÍA: LUCEROS Y MÁS LUCEROS

Vendía la astucia como si fuera un lucero
desparramando guiños emboscado tras un nubarrón negro.
Tal como les hablo
en todo hubo su acuerdo
y así como viene la noche
y así como yo me quedo,
cuando me agarro a las páginas de un libro
ya echado el freno del entendimiento,
leo
en la historia que se cuenta a través de episodios bien nutridos de batallas
que el ser humano siempre busca ir más allá de donde alguien le dicta con el dedo.
Me acojo a lo que quiero
para fabricar con ásperos argumentos
mi propia visión de la vida,
esa de la que disfruto y veo
como pasa junto a mí y en ello  se abre un paraíso sin más frutos perecederos
que una manzana podrida y junta a ella unos bien nutridos deseos
de quienes fueron arrojados del Edén por creerse superiores al Dios que los creó para su goce eterno.

Autor: José Vicente Navarro Rubio

POESÍA: SOLEDADES Y PRESAGIOS

La vida no se nos ofrece gratis
como un fruto de la rama pendiendo.
A lo que sabemos el destino
es algo más que una interrogante
cosida allí donde la neuronas se resisten a olvidarse del ser
al cual procuran razón.
Basta en esto ser muy coherentes con uno mismo
y bajar hasta la tierra misma desde nuestro Olimpo
para saber que somos mortales y como tales
dignos de morir, en la cruz entre martirios,
llegado ese momento siempre inoportuno.

Se sientan a mi lado las soledades
todas esas que desfilan por la mente
para recordarme de los tiempos pasados
en que se convirtió aquel su futuro
con presagios jamás cumplidos
y del presente atónito
que convive en el ser de uno
aquello que me precipita al ayuno proletario matutino.
Añoro la dejadez en las siestas de mi ser
hasta que rayando por la tarde tormentas y murmullos
me alzaba para mirar por la ventana
y romper con un suspiro la ñoñez de la tarde, cursi y llena de hastío.

Si algo esperas que no vengan rayos ni centellas
pidiendo su turno
para convertirte en triste figura
remarcada entre azules cobalto
por el espacio esparcida,
como pétalos de rosas al paso de un Cesar
camino de su trono en el anfiteatro donde los leones sacian su apetito.

Si en todo hombre hay atributos
que lo elevan a la categoría de Homo Sapiens
no renunció a lo que la naturaleza nos da con un claro sentido
ser por encima de todo únicos.

Autor: José Vicente Navarro Rubio



miércoles, 3 de septiembre de 2014

POESÍA: COMO EL ARBUSTO

            I
Es tuyo o es mío,
es
sin más testigos
un mal de nuestros tiempos
al cual no hemos sabido
poner cascabel alguno
que no sea
el lamento infinito
de quienes pierden el trabajo
y como si estuvieran por el demonio poseídos
solo se preocupan
de quitarle hierro a su infortunio.

           II
Y ahora es el momento
justo
de volver a lo mismo
al día a día, canastas de membrillos,
que nos hace más combativos
como el arbusto
que en la montaña tomada por los cielos ennegrecidos
se siente
dueña del terruño
que abarca con sus raíces
hasta allí justo
donde unos pocos llegan
pidiendo a gritos
agua y sustancias orgánicas
con que alimentar al árbol su hijo.

          III
En el paseo de una playa
toca su instrumento
un músico
en un extraño verano
en que las gaviotas se vienen con sus picos
hasta las papeleras
para llevarse entre gritos
envases de helados con sabores distintos.
Suena el clarinete
y el eventual músico
mueve los dedos
que parecen extraños juncos.

        IV
Se abalanza la mañana
sin más testigos
que una tarde que suena
en el espacio infinito.
Pasa un coche
a la velocidad que al conductor le viene a su gusto
en una calle muerta de un domingo
donde en un bar que se abre a las espaldas de uno
se oye al camarero pedir a gritos:
un paño húmedo
para limpiar las mesas
y poner en orden el servicio.

         V
No mata el hierro ni el acero
con que se hacen los cuchillos,
no mata la bala
que en el espacio no conoce de amigos,
no mata la soga
pues el cáñamo se lo comen los periquitos,
no mata el arma
de madera, cobre o vidrio,
mata el otro,
aquel al que llamamos amigo


Autor: José Vicente Navarro Rubio

POESÍA: EN LAS PROFUNDAS GALERIAS

                   I
En las profundas galerías
los silencios arrullan
el dormir de las hormigas
en la trastienda de la despensa
que les sirve de alivio
en los inviernos duros.
Tiempos son estos
caducos
para quienes vivimos
en los angostos habitáculos
de los enjambres de las ciudades del mundo
casi al igual que aquellos antepasados primitivos
que se sirvieron del fuego
para domesticar el mundo.

             II
El adiós efímero,
partitura sin más indicativos
no es lo único
que se lleva uno
cuando se va
en la barca de los pescadores de cocodrilos
del Antiguo Egipto
a las moradas excavadas en los montículos.
Con el adiós subido
en el vagón de un tren
que nos hace ciudadanos del mundo
nos vamos diluyendo como un azucarillo
que se remueve en un liquido.

              III
¿Quizás sea la hora?
¿Quizás no sea el momento oportuno
de desnudarse uno
ni de mostrar otros atributos
que no sean la palabra justa, solo lo justo?
Si pides te darán
para que vivas ese minuto
en el cual podrás saciarte
y dar las gracias a quien te mantuvo.
Todo forma parte
la muerte incluida en este vaticinio
de la historia de los seres humanos
sobre el mundo,
más o menos concienzados
de por qué sobre la tierra estamos
y para lo que servimos.
Con el dinero
se hacen grandes los países
y pequeños los individuos
pues el dinero sirve
para fomentar la cultura del individualismo.
y para fabricar las alambradas
que segregan a los países pobres de los ricos.
No importa el color
si se lleva el bolsillo bien provisto
de ese dinero en tarjeta, talón o en efectivo
que sirve para comprar voluntades
y para que el fariseo
que siempre aparece a lo largo del camino
te vea con ojos diferentes,
pues lo que a él le importa es el brillo
de ese dinero que se adivina en tu bolsillo.
¡Cómo está el mundo!
Tan hecho a la medida
de quienes nos venden el futuro
en los medios de comunicación
que se dicen que están al servicio
del pueblo objeto primero y último
de todas las reflexiones
que tienen que ver con la palabra democracia
denudada ya de su contenido
y convertida en hueso pelado y duro.

Autor: José Vicente Navarro Rubio

martes, 2 de septiembre de 2014

POESÍA: ENTRE RABIETAS DE NIÑO

                     I
No te extrañe que la noche sea larga
como las alas de un ave de rapiña.
Ni te asustes si oyes decir
que en los comienzos de la madrugada
cuando los sueños son tan profundos
como el llanto desnutrido de un niño
se oyen lamentos.
No te asustes,
no te des por vencido,
que todo en la mañana
hasta el sonido
del viejo reloj
en una hora determinada detenido
puede convertirse en tu enemigo.

                 II
Y digo
con ese poder del cual yo mismo me invisto
que todo a lo visto
puede formar parte de ese conjunto unívoco
al que recurrimos
para darnos a entender
que sabemos de que va este asunto
de dar vueltas a la noria
que nos sirve de tormento gratuito
en eso de hacer siempre lo mismo.

                 III
He vuelto a la noche que no duerme,
al pesado silencio
que se construye en un segundo
convertido en aire
tan caliente y pesado que al respirarlo me produce en mi boca murmullos.
Naufraga la noche
sin más navío
que el que navega por el mar de los lirios.

                   IV
No se si volverán las palomas
al columpio de cuando era niño
para poner cordura
a estas cosas que escribo
entre escopetazos y tiros
como si la mañana se fuera a ir con la erupción de un Vesubio.

            V
Tal vez sea ahora
el momento oportuno
de olvidarse uno
de aquello que solo le sirve
para sentirse a disgusto
no con lo que fue,
ni con lo que ha sido,
sino con la vida misma
por repetirse como si fuera siempre la misma página de un libro.

           VI
Voy, transito,
de puntillas y el último
por la noche áspera
de la piel esa suya de membrillo
entre sueños impertinentes
sin no más ayuda
que la que da un reloj
que de forma repetitiva
entre rabietas de niño
se viene a decir sin habérselo yo pedido
la hora en que estoy, entre graznidos
de ese pajarraco con que se construyo su sincronizado mecanismo.

              VII
Sobre la tierra misma,
no hay tierra gratis para ser alguno.
Crece la mala hierba
que en algunos corazones
encuentra su cobijo.
Grama verde
del color del olivo
sobre la tierra misma
que algún día nos dará descanso y cobijo.

Autor: José Vicente Navarro Rubio

POESÍA: EN LA NOCHE

            I
Sobre la noche
nada hay escrito
sino lo que un filósofo dijo,
que la noche es
como un asunto sucio
pues contra más te llena de ellas
más te implicas
en aquellos asuntos
que son para la noche
cerrada de los olvidos
como balas trazadoras puestas en su objetivo.

        II
Volver ¿para qué?
Somos como la flor
olor de una primavera o quizás estío
y del destino el muerto, ahora vivo.
Todo ocurre, sin pedirlo,
y en ello que caminamos con o sin rumbo fijo
nos convertimos
en fantasmas de aquello que fuimos.

          III
Salta el agua y se va,
pequeño brinco,
camino
de unas arenas finas
que sin saber de que va el asunto
reciben al agua,a la gota, al racimo
en un permanente bautismo.

            IV
Y se llama negro
el fondo
de un saco vacío.
Y el negro de unos ojos
brilla
sin saber que su color es muy llamativo.
Manos negras, cautivas y cautivos,
en un barco de negreros
de un Océano convertido
en ruta
sin retorno definido.

           V
Tanto y tan poco. Musito.
La palabra como argumento,
y el guión como asunto
de todo aquello que hemos sido.
Veo estrellas errantes,
y hombres montados sobre borricos,
por el cielo buscando cobijo
en algún aprisco,
mientras uno
que siempre fue, y ha sido
oveja fiel al rebaño de los desposeídos
espera del siglo XXI
algo más de lo que ya se viene escribiendo en los libros.

           VI
No es la vuelta al trabajo creativo
lo que me produce dolor infinito,
es la vuelta a lo mismo
lo que me produce hastío.

      Autor: José Vicente Navarro Rubio

GEOGRAFÍA DE UN ESPACIO: DOMINGO Y NO DE RAMOS.


             I
Geografía de un espacio
lo que crees no existe. Insensato.
Solo encuentras
lo que no buscas, aquello de lo cual huyes,
la palabra
como invento,
la sílaba
como parte de un conjunto de harapos,
el soplo de aire
que atiza las penas
en la chimenea de los humos opacos
atizando las penas
a ti, ser humano,
que te columpias
con aquello que has leído
y disfrutado, recordando,
lo que has sido y eres y lo que te queda de seguir pensando.

                  II
A la tarde no le vengas
reclamando o rogando, 
a la tarde no le vengas con asuntos mal en el entendimiento guisados,
pues la tarde no es para que le cuentes tus fracasos.

En la tarde cae del árbol,
que por encima de mi cubre con sus ramas mi cabeza, tronco y brazos,
pequeños frutos con sus granos
que se comen las palomas
como si fuera pan tierno del día amasado a mano.

Pican y pican.
Comen casi de mis manos
las palomas que se abalanzan sobre el duro asfalto
para llenar sus buches de restos orgánicos.

                   III
Salir a la calle y mirar
al pobre parado a su aire abandonado,
al enfermo crónico
en un banco contando
sus peripecias en un hospital
en el cual le han reclamado
aquello por lo que trabajo toda su vida para ser un respetable anciano,
al estudiante que no sabe para cuando
le vendrá esa beca sin la cual se murió la Erasmos.

En la calle huele a carburante quemado,
facturas falsas y políticos desmadrados
para quien los % son un gran, de la ciudadanía, regalo.

La calle es el escaparate de lo que nos está pasando,
mucho y malo
a pesar de que se diga, por activa, que estamos saliendo del atasco.

                   IV
Y vuelve a ser
la sal en la comida,
la paja en el ojo
de su enemigo más encarnizado,
el padre que todo lo permite,
el sensato,
el que arremete como un astado,
el que no cesa,
el que se siente rayo,
y vuelve a ser
entiendo yo por muchos años,
el de siempre sin más hartazo.

                  V
Nos nace el mundo,
día a día
y a pedazos,
que poco a poco
se van amontonando.
Nuestra vida es
como la de aquel amo
que piensa en ti
como si fueras un esclavo
comprado en una plaza
en la cual se vende todo lo que tiene precio en el mercado.

              VI
Como quiera que hasta este parque
en el cual ahora te estoy hablando
solo se acercan de vez en cuando
palomas muertas de hambre
que terminan esparramando
sobre el suelo lleno de grano
su cuerpo convertido en reclamo
de aquellas otras palomas
que llegan para comer de lo que cae en su pico acostumbrado a las sobras de los humanos.
Como quiera me espanto.

              VII
Quien anda alerta,
al agua a su paso, al asesino cuando aprieta con sus manos,
al viento moviendo las hojas de los árboles angustiados.
Alerta el que anda
al enemigo taimado, al amigo de aquellos perdidos años,
al sueño que se va despertando,
a la vida con sus encaños de años echando días por todos los lados.


Autor: José Vicente Navarro Rubio

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