viernes, 17 de julio de 2015

POESÍA: DESDE EL BROCAL DE UN POZO EN LA VEGUILLA

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Tengo que llegar hasta ese lugar
que yace entre algodones
en mi mente siempre vivo.

Necesito encontrar aquellas voces
que en la oscuridad subían por una calle
contando chascarrillos.

Debo asomarme
al brocal de aquel pozo en la Veguilla
donde las mujeres acudían para sacar agua
que luego transportaban sobre sus cabezas
con una majestuosidad nunca vista
en Corte Real Europea, alguna.

Me acercaré hasta la cuadra
y visitaré el corral,
pues unas gallinas están a punto de poner huevos
y mi madre me espera con una canastilla para que los cojamos como si fueran en las manos humo.

Quizás me olvide, algunas veces me ocurría,
de encontrar aquel camino
tan bien señalizado por las cagarrutas de las ovejas y cabras, dula de lunes a domingo,
que llevaba hasta una escuela
en una calle con más piedras en su suelo, que cantera alguna haya conocido.

No me iré
sin entrar a la iglesia, junto al Tesillo,
para observar a los santos y santas
y aquella pila bautismal
por la que pasaron tantos pinarejeros y pinarejeras
para recibir el bautismo
e impregnados por el agua, así llamada, bendita,
que aseguraba pobrezas infinitas, ser pobres de por vida.

Beberé alguna que otra cerveza en los bares de siempre,
y lo haré a la salud de ellos, los ausentes,
depositando mi boca sobre su boca
y tragando poco a poco esa espuma
y ese liquido que tan bien nos sentaba en los veranos, sin vino tinto.

Me acercaré a las eras
a las de siempre, Don Pepe, El Molino,
para mirar el horizonte
y tocar con mis pies
esos suelos endurecidos
sobre los que trilla ahora el viento
jotas que duermen olvidadas en su cavidad bucal.

Pasearé por las calles
desiertas y casi dormidas
a la espera de que salgan de las casas
sus habitadores preguntándome ¿de quién eres?
al tiempo que me muestran su rostros duros
fraguados en más de una batalla
en los campos de guerra
donde los olivos son como hijos inválidos clavados a la tierra
y los girasoles las hijas que nunca se marcharon de casa
por amor a sus padres y madres muertos sin dar ruido.

Subiré hasta los montes pelados
desde siempre arrepentidos
de ser escaparates de soledades
que criaban en épocas de hambrunas extraños personajes
que caían en las noches sedientas de aventuras
sobre el pueblo, Pinarejo,
para esos días en que una hoz segaba de raíz la cultura de los hombres
y no digamos ya las de las mujeres
sin más derechos que los que desde un púlpito se pregonaban entre misterios catalogados de divinos.

Me asomaré a alguna de aquellas cuevas
donde de pequeño escondía mis juguetes
todos tan simples como las palabras de este que les reclama atenciones
y suplica que lean para ser al menos menos comedidos en aquello de acatar y ser serviles.

Abriré las puertas y dejaré que el sol entre mi casa,
con su luz hermosa,
esa que solo molesta cuando la miras cara a cara.
entre desafíos, a ver quien puede más.

Tantearé en que día nos encontramos
y lo situaré  en un mes de un año concreto,
sumaré o restaré y me haré un cálculo
con el que poder componer otras poesías
que resulten atractivas para quienes vivieron vidas semejantes
y están necesitados de retornar a sus orígenes.

Descansaré si es que se le puede llamar descanso
a eso de sentarse para ver como el tiempo pasa
y volveré la mirada hacia los mismos lugares
por donde subían las mujeres cargadas de panes tiernos,
los animales con costales de aceitunas bien sujetos a sus lomos
y los carros con los apeos de labranza y las caballerías mostrando sus cansancios.

Me retiraré a echar una siesta
para cuando todo esto se acabe
y el pueblo vuelva a ser como la boca de una cueva,
como un trozo de carbón entre los dientes de un pobre minero muerto.

Autor: Jose Vicente Navarro Rubio

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