jueves, 15 de septiembre de 2016

POESÍA: ALQUERÍA DEL BROSQUIL A LA LUNA DE UNA CIUDAD QUE DORMITA

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Así son las comidas
en una vieja alquería
a la luna de Valencia
en la huerta perdida
y al mediodía en ese lugar u orilla
con el nombre de Albufera a la vista.

Entre arroces y voces casi de ultratumba
caía, gota a gota, en copas bien servidas,
un vino blanco ¡qué delicia!
con sabor a olorosas frutas
y enseguida
sobre la mesa a la antigua usanza servida
con servilletas de tela, en mi pueblo rodillas,
tenedor, cuchara y cuchillo,
los comensales sus miradas enfilan
a tres entrantes con sabor a esa agua marina
que a poca distancia dormita
en un Mar Mediterráneo en el que pululan
por el cielo gaviotas entre graznidos que asustan.

Todo cae y todo termina
desde el vino
que con su sabor avisa
que la tarde es larga para quien de él abusa
hasta las tellinas
tan pequeñas, diminutas y enjutas
que de haberlo sabido un tal Cervantes,
manco dotado de una gran sabiduría,
hubieran formado parte de alguna de aquellas sus aventuras
en las que un tal Quijote hizo en un libro de las suyas.

Para mayor fortuna
a la mesa llegaban
cual tal doncellas en sus primeras aventuras
dos calderos con arroces que iban
desde la fina textura
del meloso con bogavantes en su salsa más primitiva,
caldo especies y hortalizas
hasta el seco, casi raspa de sardina,
como aquellas ollas podridas
donde la carne se comía
tal cual pato que de tan pobre que había sido su vida
se vestía
con la ropa que una cigüeña le cedía.

Y cayeron los calderos
y lo que en ellos iba
y así los postres, toda dulzura,
como la miel de las abejas
en un trozo de pan extendida
servían para apaciguar los calores
de una tarde que si se escribe con mayúsculas
poco desdice de lo que en latín se denomina
jovis dies, para cuando Nerón tocaba su lira.

Y no termina la comida
por mucho que se diga
y en ello los cafés
y algunas que otras bebidas
ponen un epíteto, con esdrújula,
a este día
en que una pequeña comitiva
de amigos, compañeros, compañeras y amigas,
brindan,
sin saber a que se debe tal hechura,
por volver a repetir la aventura
de dar la vuelta a Valencia,
y enfilar por una autovía,
para llegar a una vieja alquería
del Brosquil, se le denomina,
para más saber a la luna
de una Valencia que se olvida
que su Albufera y Dehesa son los pulmones que necesita
para seguir con vida.

Ya la próxima a la vista
cuentan las hadas de un cuento que felizmente termina
que si nos aplicamos en aquello de dar buen gusto a la gula
en Benifaió hay un restaurante con nombre de Papa de mucha altura
que por su buen comer asusta.

Autor: José Vte. Navarro Rubio


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