Para quien no se deja llevar por la lectura
los poemas no son nada,
son el oscuro sentimiento
de algo que queda quieto
en el día en que se abren las palabras
para salir al encuentro con las gentes
que quieren de ellas
su profunda hermosura.
Y vomita la ciudad su odio,
le hace falta acondicionar sus alcantarillas
donde depositar lo que solo sirve
para volver de nuevo a la rutina,
de la sociedad hambrienta de nuevas fantasías.
Y prevalece el dolor que es recurrente
en los grandes parques
y en los bancos de las avenidas,
ellos ocupados en las noches cálidas y frías
por pobres de diferentes edades,
etnias y culturas.
Tarjetas identificativas cuelgan
de los dedos de los muertos
que en las morgues esperan
de alguien que venga a recoger sus muertas vidas
mientras la ciudad se cuida y a pesar de los pesares
ella siempre al alba resucita.
Los grandes edificios en ls ciudades
hacia el cielo se estiran,
quieren tocar la pureza del aire que se respira
por allí donde las aves vuelan
para huir del bullicio de las gentes
ya entretenidas en afilarse las uñas.
Y es que la vida es esto y lo otro,
son tantas cosas y distintas,
que nos llenamos del todo
para soltar el todo muy aprisa.
Por allí las estatuas, por allí las envidias,
los parques llenos de sombras
y las sombras ocupando aquello que se respira
con solo abrir los ojos
y ver como transitan unos y los otros
de aquí para allá,
sin atender a otras razones
que continuar en la ciudad
ya amiga ella, ya enemiga,
procurando con su trabajo
gozar de una mejor vida.
Y así volvemos al barco
que en un puerto espera
que en él se suban
hasta su cubierta vacía,
quienes se sienten del mar
unas más de sus criaturas.
Hay cuestiones por aclarar
y quedan preguntas,
hay poemas para largo,
no hay ninguna prisa,
y a pesar de los pesares
si me piden ayuda,
daré la que pueda
con tal de sentirme
en la ciudad de la que soy
el ciudadano corriente,
que sin necesidad
de recibir corriente de unas pilas
se carga el solo
para volver al mismo sitio,
y así día tras día.
Autor: José Vicente Navarro Rubio