La tierra nos lleva de sus brazos,
es la locura el saber que somos en el tiempo
lo que es el pico del águila
que se encarga de alimentar a sus crías
en lo alto de una pared rocosa
presidida por un nido de aguiluchos.
Nos sentimos ya parte de lo que vemos y oímos
en mitad de los desiertos
allí donde solo se siente el calor o el frío,
la sed y las ansias de seguir vivos
cuando sin rumbo vemos
que lo que dejamos,
la ciudad con sus pozos
y casas de techos de barro y cañizos
es lo mejor del mundo,
en comparación con la arena
que quema,
la arena del desierto
muchas veces fría.
Y así y todo saliendo de esto que escribimos
en mitad de las noches
tapados de pies hasta los hombros
nos parecemos a lo que fuimos,
y si algo más podemos ser
quizás ese algo sea siempre distinto,
si es que no somos iguales
y nos gusta ser diferentes para cuando no nos oímos.
La pierna que se mece
es el último estímulo
de los músculos que hacen a base de repetir lo mismo
que seamos idénticos a lo que fuimos.
Ya de viaje
por esos desiertos con sus palmera y oasis,
con sus tumbas en mitad de montañas de granito
volvemos al inicio de los siglos
para entender que en el cambiar de aquello
que es lo que otros vieron
se encuentra ese aire a vida nueva
que no nos enseñaron y que aprendimos
a base de equivocarnos sin más gestos genuinos
que los propios que son de los poetas aburridos.
Autor: José Vicente Navarro Rubio