John quería a Dorothy
a su manera ella le traía suerte.
Era un amor de verdad
de aquellos de más de una noche.
En las grandes praderas
se llega a estimar a las personas
por lo que ellas valen.
Ella era sentida y agradable,
esto pensaba John
que no conocía más allá
de lo que eran las extensas tierras
del rancho grande.
Con las puestas del sol
el gran salón se convertía
en un lugar agradable,
donde los hombres
después de enjuagarse
enérgicamente la cara,
tocaban las armónicas y guitarras
hasta caer al suelo tan borrachos
que era imposible,
el alzarse de aquellos suelos
hechos con tablones de encinas
y pinos negros
de las altas cumbres,
donde vivían los indios,
lobos y coyotes.
Dorothy se les apañaba
para ser ella la reina
de aquel poblado,
donde un cherif
con barba y grandes bigotes,
hacia de la justicia
lo que el cuerpo le pedía,
para cuando algo mal iba
y se tenía que echar,
con pistolas y rifle, a la calle.
Aquello era así,
no porque
así lo quería el hombre,
todo venía rodado,
no había posibilidad de escape,
así se vivía siempre
pensando en el presente.
Por allá el trabajo de la fragua
con su fuego permanente,
el de la barbería
con aquellas tijeras y navajas
entorno a los cuellos
rasurando las barbas
y por acullá los hombres
esperando su turno
para asearse
y así lucir los fines de semana
su semblante más amable.
Vidas aquellas que uno recuerda
para cuando le vienen
los olores de los prados con su heno
y la hierba crujiendo al paso de quienes
con sus botas hieren
aquello que a su gusto nace.
No se desperdicia nada en este relato,
se ve una cuadra y entre balas de forraje
comiendo a caballos
que nerviosos esperan que alguien
mate su hambre y más arriba yendo por una calle
el despacho del doctor que se entretiene
limpiando sus utensilios en una zafa llena de whisky.
La noche se deja ver lejos
por donde se ven unas cruces
de madera en el suelo y debajo a bien saber cadáveres.
Desde esos confines
ásperos y no olvidables
vienen los aullidos cuando la luna sale.
Ya se ve un transitar de personas que van y vienen;
desde el ultramarinos a los carruajes;
desde el hotel
al salón de copas y de baile;
desde la iglesia
a cualquier casa donde la fe vive
postergada detrás de unas puertas
que de vez en cuando se abren.
No son horas de ver llegar carruajes
ni de más indios cerca
que aquellos que en la cantina beben,
mientras miran y piensan
por qué manitú se olvido de su pueblo
y por qué ellos ya no son los duros guerreros
de las paraderas por las que se veía a los búfalos
en ya perdidos días que para nunca más volverán
por mucho que de ellos se hable.
Jonn quería a Dorothy
antes de que unos cuatreros
le volaran la cabeza de un disparo
a pie de calle,
mucho antes de que este poema se escribiera
y todo en la mente
tomara esa forma
que en este poema se ve
con solo al texto asomarse.
Autor: José Vicente Navarro Rubio