Me he acostumbrado
a hablar de la guerra
dentro de una normalidad que asusta.
No es bueno para el ser humano
oír como caen bombas,
ver como se sacan de debajo de los escombros
a victimas y heridos.
Tantas víctimas inocentes
padeciendo por aquello
de las ocurrencias malsanas,
de alguien que desde lejos
quiere manejar los hilos
de algo que se escapa
a razonamiento honorable alguno.
No es nada bueno, lo repito,
el mundo hecho añicos,
es una visión muy parecida
a la de un apocalipsis
o a eso que se recoge
en algunos libros sagrados
que tiene que ver con un ocaso,
así el sol derretido
y la luna lanzada contra la tierra
con esa cara suya
en forma de fauno enfurecido.
Estos son los asuntos que me traen
por estos lugares de la poesía cíclica,
esta que vive en los interiores cavernosos,
por allí donde se esconde el ser
que construimos
día a día y segundo a segundo.
Fácil es aliviar las penas
esas que se construyen
a base de incidir en lo mismo.
Volviendo a las guerras
decir que nos sentimos
mal por todo y así seguimos,
paso a paso viendo
lo que ocurre,
siendo testigos
del engaño que se produce,
y de los pocos recursos
que la vieja Europa tiene,
para cambiar los destinos
de lo que nos viene en forma de diluvio.
Autor: José Vicente Navarro Rubio