Pasar por el puente de San Pablo daba miedo,
la altura, las tablas sobre la pasarela,
algo había en el ambiente
que inspiraba
a no pasarlo y así se rompía el encanto
y así se volvía sobre las pisadas
camino de las calles que llevaban
a un entuerto de sendas
con jardines abiertos
a unos fondos con sus cañadas y ribera
de un río que llegaba desde lejos.
Cuenca paraíso, allí tomaba cuerpo
el sentido de la vida de los labriegos
que viajaban con lo puesto
desde diferentes puntos
de una geografía de pobreza
en la que las costumbres se respetaban
tal si fueran cal y barro y yeso
recubriendo la vida de los pueblos.
Autor: José Vicente Navarro Rubio