Si la poesía es lo del más allá,
en eso estamos ahora mismo,
desde aquí sin pedir nada a ningún Dios
conocido o desconocido,
nos dedicamos a salir del paso
improvisando asuntos de estos
que dan para escribir
sin venir a cuento.
De lo que es normal sabemos
aquello que de vez en cuando vamos introduciendo
en una especie de circuitos
por los cuales discurren,
sin necesidad de poner mucho empeño,
esas cuestiones que se nos vienen
en forma de intransitados diluvios
de la edad del hielo.
Es cuestión de explotar entre carcasas,
en noches de verbenas
en que suenan acordes
que nos llevan por cielos
que se visten
para ser espectadores
con derechos
a apretar los dientes
mientras se rompe el firmamento.
Un balcón nos sirve
de lugar desde el cual
vestir estos últimos versos
antes de que nos llegue el domingo
para comprobar
que cada cosa está
en donde otros quisieron.
Por allí dominando en la calle vemos
lo que es propio de la noche,
soledades que se esconden
entre las ramas de los árboles
provistas de mullidos lechos
y brazos con sus manos extendidas
en señal de ofrenda
al Dios de a saber que ave
del paraiso o del infierno.
Llegan desde lugares recónditos
las nubes cargadas de sorpresas,
unas que se quedan
y otras que se marchan,
en fin
sin saber a que se debe este ímpetu,
me alejo
del escenario,
para volver a la rutina
que toma vida
para cuando ya sentado
contemplo en un dibujo
un molino de viento
que me hace más manchego.
Autor: José Vicente Navarro Rubio