Callar a la espera de que te den el golpe certero,
con espada, pistola , machete, porra, soga o palabra malsonante,
no es higiénico para el alma ni bueno.
¡Callar, nunca, ni por miedo!
Los que callan mueren siempre
entre remordimientos
y sin otra cosa que no sean recelos
por no haber llevado a buen puerto sus sentimientos.
Lo que se calla
da vueltas en nuestros cerebros,
envenenando la sangre
y como si tuviera velocidad de crucero
siempre anda
por los circuitos internos de nuestros cuerpos
viajando y pregonando todo aquello que guardamos en forma de secretos.
Secretos de todos los tipos,
malos y buenos,
que hablan de lo que no hicimos
o de lo que nos hicieron,
de lo que queríamos y se quedó en simples proyectos,
todo esto es
sin necesidad de ningún tipo de tinta
ni de pergamino de cuero
lo que se va con nosotros camino de una urna o de un nicho en un cementerio.
Autor: José Vte. Navarro Rubio
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