En un día de fiesta,
cualquiera,
de aquellos que eran para Santa Águeda
la única nueva
se repetía la misma escena,
el baile, los toros, el garrote, los bolos y las rejas,
la subasta a la santa
y por si algo queda
la procesión y el pueblo entero, saliendo a la Carrera.
La pobreza de los hombres y mujeres de mi tierra
era como una herencia,
un tributo, una letra,
que se pasaba de hijas a hijos
ya fueran los años de buenas o malas cosechas.
Allá van sin cesar las buenas nuevas
de un pueblo hecho a la manera
de sus gentes acostumbradas a labrar la tierra,
y pastorear las ovejas
para esos tiempos enterrados en la historia
de los que quedan a duras penas
trozos colgando de historietas que cada uno cuenta a su manera.
Nada ocurre,
aunque no se levanten las vedas,
camina el pueblo entero entre sendas,
las de siempre,
las que constan en la memoria que a todos nos llena
cuando encuentras el nombre de Pinarejo
y cualquier fecha,
como aquella en que un Rey con potestad y autoridad plena
a cambio de un sustancial botín de monedas,
eso se llama pagar por la buena nueva,
le quitó al Castillo una de sus aldeas
e hizo a Pinarejo villa, así se cuenta.
Algo me detiene lentamente
es una cuesta
que se alza ella
desde siempre ante mi presencia.
Calle que se levanta recta
y llega
así la recuerdo a ella
hasta las eras
donde decrece y se convierte en senda
que bordeando un molino
¿que fue de la molinera?
nos lleva
al lugar exacto donde siempre encuentras
lágrimas vivas y lágrimas secas
a cada paso que andas y a cada mirada que echas.
Ya de bajada
por la misma senda
no cesa
el calor duro de azotar mi piel reseca
pues sabe
que soy hombre de la tierra
hecho a las batallas
que no desdeña
llamar a las cosas por su nombre
y dar la mano para que nadie se crea
que se han olvidado las costumbres
entre ellas la palabra cerrando acuerdos entorno a un lebrillo y dentro una buena cuerva.
Autor: Jose Vicente Navarro Rubio
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