En el castillo viven
los viejos tiempos, las historias sonantes,
de un pueblo en armas
mirando hacia el horizonte
siempre a la espera de algún desembarco indeseable.
Montaña que se alza
y en ella se abre
un laberinto de sendas que descienden,
hasta la playa desde siempre.
Así los días en Cullera,
así las noches,
de calmas y tempestades,
de vientos y aires,
de calores y ponientes, levantes
y aguas que se sienten bravas de torrentes.
Su paseo marítimo es un zoco
con multitud de paseantes,
pañoles de colores, bolsos de piel y diversos pelajes,
baratijas y sortijas, y en los bares
se come y se bebe
con la vista puesta en la arena blanca y radiante.
Autor: José Vicente Navarro Rubio
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