Se quema una isla,
mueren sus bellezas,
los hombres y mujeres de estas queridas tierras
sienten pena.
Al fértil mar
de blancas arenas
vienen las gaviotas
contra ellas se estrellan
en su búsqueda inquieta
de una buena y suculenta cena.
Edificios con sus altillos
casi almenas
rompen la silueta
de la vieja Cullera
con sus huertos cercanos
allí donde la tierra
era algo así como la mejor herencia
con la que dotar a los hijos e hijas cuando fallaban las fuerzas.
Las llamas llegan
en toda su grandeza,
trotan y cabalgaban, andan y vuelan
sobre el horizonte comido por nubes de cenizas negras.
¡Tierra que arde quien pudiera
con un soplo divino
llevarse el fuego al fondo de las simas en las que habitan las tinieblas!
Autor: José Vicente Navarro Rubio
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