Fuente: Memorialibertaria.org:
Nacida en la cárcel de Valencia en 1939 era escritoria e hija de la militante libertaria Amelia Jover. Colaboró con la Fundación Salvador Seguí en la sede de Valencia
Elodia TURKI-ZARAGOZA, La Xiqueta, París, Librairie-Galerie Racine, 2016, 85 páginas.
Acabo de terminar de leer La Xiqueta. Lo he hecho de un tirón, me he sentido trasladado a Cullera, a València, a Túnez, a París… Uf!… es un pequeño libro pero que denso. La autora ha sido muy valiente de hacer esa catarsis y contar lo que ha contado. Hay mucho dolor y mucho amor en las páginas de este relato autobiográfico: Las dificultades en el nacimiento de Elodia por los golpes que le habían dado a su madre; la dureza del exilio, la desestructuración familiar…
Pero ¿quién es La Xiqueta? Se refiere a “el ídolo de Cullera”, a la madre de la autora, Amelia Jover Velasco (Cullera, Valencia 10/12/1910 – París 12/09/1997). Naturista, de las Juventudes Libertarias, de la Federación Anarquista Ibérica, de la CNT, secretaria general de la Federación Regional de las Juventudes Libertarias de Levante, oradora, publicista, que escribía en la prensa confederal, librepensadora… Capturada en el Puerto de Alicante, estuvo cerrada en el Cine Ideal, en el campo de Albatera y en la prisión Convento de Santa Clara de València, donde sufrió palizas y esto que estaba embarazada de su hija Elodia. Condenada a muerte, pudo escapar del Hospital Provincial donde estaba ingresada y vigilada, dirigiéndose a Francia, con las secuelas del Camp de Argeles y de Bram, donde hubo una epidemia de fiebre tifoidea. Huye a Túnez, donde pasó 23 años y después, en 1962, es repatriada a París. No dejó de trabajar y luchar por el ideal libertario. Visitó España en varias ocasiones para mantener relaciones con los compañeros y compañeras del interior. También colaboraba activamente con la Fundación Salvador Seguí de Valencia. Así era Amelia, en realidad estamos hablando de una mujer libre.
Cuando habla de “el tío Enrique”, se refiere a Enrique Marco Nadal (Valencia 3/05/1913 – El Vedat, Torrent, València 13/11/1994). De las Juventudes Libertarias, secretario del Comité Local de Valencia de la Federación Nacional de la Industria Ferroviaria, adscrita a la CNT. Luchó en la Columna de Hierro. Detenido en el Puerto de Alicante, pasó por los campos de los Almendros y Albatera, donde pudo escapar y asar a Francia, ingresando en el campo de St. Cyprien. Se enrola en la Legión extranjera durante la II Guerra Mundial. Después se pasa a las filas del Ejército de la Francia Libre de Leclerc. En 1945, en París, se integra en el Movimiento Libertario en el Exilio y es nombrado secretario del Comité Regional de Levante. El abril de 1946, vuelve a España para formar parte del clandestino 13 Comité Nacional de la CNT en el interior, pero Enrique es detenido el mayo de 1947. Condenado a muerte, pasó en las prisiones de Franco 17 años. Fue liberado en 1964 y se incorporó a la lucha antifranquista de la CNT clandestina. Participó durante la Transición en la reconstrucción de la CNT. Colaboró en las actividades de la Fundación Salvador Seguí de Valencia hasta el fin de sus días.
Pero volvamos a este excelente libro con unas frases como sentencias: “Cuando llegamos a Túnez nos dijeron españoles, dijo mi madre… Después de veintitrés años en Túnez nos enviaron a Francia, y allí nos dijeron tunecinos, “pieds noirs”. Cuando venimos a España nos dicen franceses! Me pregunto lo que somos. –Todo esto a la vez… le dije”.
Además, tiene un lenguaje muy poético y hay unas expresiones magníficas para expresar la crudeza del exilio: “se acostumbraron, sin acostumbrarse nunca al intolerable dolor de estar amputados de ellos mismos”. O estas otras: “iban a envejecer lentamente, como viejos jóvenes vencidos con sus ojos brillantes de adolescentes heridos y su nostalgia intacta”. “Cuando era pequeña, mis padres se reunían con sus compañeros de exilio todos los domingos. Arrastraban a los niños sin pedirles su opinión. Les ponían sus trajes nuevos. Ni siquiera jugaban entre ellos. Estaban aquí, bien peinados, obedientes como islitas graves”.
También es muy bella la expresión “yo tengo vestidos de palabras”. O esta otra, “Mis hijos y yo nos tocamos, nos besamos, nos queremos y en cada momento nos maravillamos de redescubrir lo que nos une”. Y sobre todo las palabras finales, “el amor está más allá de la página, salvo que esté en la punta de esta pluma que lo diluye y lo anuda, tratando de nombrarlo… interminablemente”.
Yo también conocí a La Xiqueta y a “el tío Enrique”. Los quería mucho. Influyeron bastante en mi vida personal y militante. Enrique me habló del amor que sentía por Amelia. Enrique vivía en una Residencia de ancianos y tenía la pierna derecha amputada. Con 80 años pensaba que conseguiría andar con una pierna artificial –una pata de palo decía él– y viajaría a París para estar con Amelia.
La lectura de La Xiqueta me ha provocado muchas sensaciones y sobre todo recuerdos de Amelia y de Enrique. Gracias Elodia por esta pequeña joya que nos has regalado.
Rafael Maestre Marín
Fundación Salvador Seguí
Elodia Zaragoza, o Elodia Turki Zaragoza, por su nombre de casada, murió el 30 de noviembre en Túnez a los 81 años de edad. Era escritora, poeta, editora, viuda de un diplomático al que había acompañado en sus misiones por todo el mundo. En los años 50 fue campeona nacional de natación en todas (¡todas!) las distancias y ganó asimismo un concurso de belleza. En 1960 participó en los JJOO de Roma. Era un ejemplo de talento, fortaleza, independencia y carisma. Nadie la conocía en España. Y nadie la conocía en España porque escribía en francés y la sede de su editorial estaba en París, porque representó a Francia, y no a España, en las Olimpiadas y porque tanto sus medallas de natación como sus laureles de máxima belleza nacional las obtuvo en Túnez y en su condición de ciudadana tunecina, no en Madrid y como ciudadana española. Elodia Zaragoza, que había nacido en Valencia, tenía al morir, en efecto, los tres pasaportes, el español, el tunecino y el francés, pero el de España fue el último que recibió, en 1976, después de la muerte de Franco. De las tres lenguas, la que peor hablaba era el castellano, taraceado de deliciosos arcaísmos valencianos.
Elodia había nacido en 1939 en la cárcel de Valencia. Su madre, Amelia Jover, militante anarquista, capturada en el puerto de Alicante por los rebeldes en los estertores de la Guerra Civil, consiguió huir de prisión con su hija recién nacida y se unió a los miles de refugiados que acabaron en la playa asesina de Argelés-sur-mer, en el sur de Francia. Allí se enteró de que su marido, al que creía muerto, se había refugiado en Túnez. Tras algunas peripecias, las autoridades francesas, deseosas de aliviar la presión de los refugiados, permitieron a madre e hija abandonar el campo de concentración y reunirse con él.
El padre de Elodia, Antonio Zaragoza, era el suboficial responsable de códigos del único submarino que integraba la flota republicana que abandonó Cartagena el 6 de marzo de 1939 y atracó en el puerto tunecino de Bizerta dos días después. La historia de estos 4000 refugiados republicanos es mal conocida incluso por los historiadores, y ello hasta el punto de que en junio de 2018 (¡2018!) salió a la luz la existencia de un cementerio español en el patio de una casa de Kasserine, una ciudad de 80.000 habitantes junto a la frontera con Argelia. Algunas profanadas, todas ellas abandonadas entre tojos y gallinas, en torno a treinta tumbas, fechadas entre 1940 y 1947, alojan los cuerpos de otros tantos españoles, no todos identificados, que murieron lejos de sus familias, trabajando en las más abruptas condiciones para el protectorado francés. Antonio Zaragoza tuvo más suerte; sobrevivió al régimen colonial, a la ocupación alemana y a la guerra mundial, pero no vio cumplido su sueño de regresar a una España libre y democrática. Rehizo su vida, como pudo, junto a su mujer y sus hijos en la capital tunecina. Elodia cuenta parte de esta historia -la de sus padres y su primer viaje a Valencia- en su libro autobiográfico La chiqueta, escrito originalmente en francés, precariamente traducido al español y completamente ignorado en España.

La Xiqueta, libro de Elodia Zaragoza
Una de las dos veces que la visitamos le preguntamos si no tenía la sensación de que le habían robado su vida. Nos señaló a su alrededor. Elodia vivía en Sidi Bou Said, el pueblo más bonito de Túnez, en una gran mansión perteneciente a la poderosa familia de su marido en cuyo jardín se erguía un morabito medieval. Estaba rodeada de belleza que ella misma había contribuido a modelar con sus manos, ahora deformadas por una artritis galopante que, en todo caso, no le impedía manejar el teléfono móvil y teclear sus poemas en el ordenador. “A mis nietos les digo que me estoy convirtiendo en pájaro”, nos dijo mientras nos desafiaba a encontrar la única letra “a” de uno de sus poemarios, un lipograma titulado L’infini désir de l’ombre. Nos sentimos un poco avergonzados de nuestra pregunta. Elodia había tenido una vida plena y, ya octogenaria, alta y enjuta como una cigüeña, elegante y burlona, seguía viajando entre Túnez y París, escribiendo sin parar, recibiendo a sus hijos y sus nietos. “Hay que amar la vida”, nos dijo casi regañándonos desde la delicadeza de acero de un cuerpo que ningún rayo habría podido derribar, ningún acíbar amargar, ningún dolor derrotar.
Su vida plena, en todo caso, no transcurrió en España. No dejó nada en España. Esa plenitud no forma parte de nuestra historia y por eso acusa a la larga dictadura de Franco -cuya sombra aún no nos hemos sacudido- no menos que las vidas truncadas de los muertos de Kasserine. Ella no perdió su vida; nosotros sí nos perdimos la suya. Teníamos pendiente una nueva visita que la pandemia de Covid aplazó; había aceptado -yo diría que con una cierta coquetería satisfecha- contar ante una cámara, y con más detalle, lo que ya nos había contado en esas dos conversaciones informales. No era inmortal, como creíamos, y los españoles ya no tendrán su voz. “A mí no me robaron la vida”, nos aclaró, “a mis padres sí”. Y añadió: “a los españoles también”. Los españoles merecíamos haber tenido una historia de la que hubiera podido formar parte la Elodia sabia y libre que encontró y sembró su sabiduría y su libertad en otro sitio. Elodia, por su parte, merece que incorporemos su sabiduría y su libertad a nuestra historia presente, y que su nombre y su obra, ignorados en nuestro país mientras vivió, resuciten ahora que ya no puede hablar por sí misma. Es tarde para grabar su voz, pero no para hacer nuestra su vida.

El 10 de diciembre de 1910 nace en Cullera (Ribera Baja, Valencia) la militante anarcosindicalista Amelia Jover Velasco -a veces aparece como Amalia-. En su villa nata, de sólida tradición libertaria, pudo acudir a la escuela, algo infrecuente para una niña de su época. Muy joven entró en contacto con los grupos de jóvenes libertarios y comenzó a leer propaganda anarquista, al tiempo que comenzó a trabajar en varios trabajos. Instalada en Valencia, cerca de la cárcel Modelo, ayudó a los compañeros detenidos por haber participado en la huelga de 1932. Después hará de mecanógrafa en el Ayuntamiento de Valencia y de cocinera en Viena Automático, y se afilió al Sindicato de Gastronomía de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) , donde constituyó la sección de mujeres del sindicato valenciano. Miembro de las Juventudes Libertarias y de un grupo específico de la Federación Anarquista Ibérica (FAI), cuando estalló la Revolución fue elegida secretaria de la Sección Político de las Juventudes Libertarias y representante de las Juventudes Libertarias en el Comité Regional de la CNT de Levante.
Publicó numerosos artículos en Senderos, boletín del Comité Regional de Levante de las Juventudes Libertarias. Cuando la victoria fascista, fue detenida en el puerto de Alicante, cerrada al Cine Ideal, convertido en centro de internamiento de mujeres, y finalmente trasladada a la prisión de Alicante. Más tarde, fruto del deseo franquista de concentrar los presos, fue transferida al convento de Santa Clara de Valencia, otra cárcel de mujeres antifranquistas. Pero embarazada ya la espera de juicio fue enviada al Hospital Provincial de Valencia, donde permaneció detenida y bajo vigilancia. Nacida su hija y recuperada, pudo huir con la ayuda de cenetistas clandestinos y pudo llegar a Francia, donde fue internada en los campos de Argelès y de Bram. Después de nueve meses de estancia en Francia, en condiciones muy difíciles, pudo reunirse con su compañero refugiado en Túnez, donde tendrá dos hijos más y permanecerá 20 años, trabajando en el campo y enseñando a los niños sin escolarizar. En 1962 volvió a Francia y se estableció en París, donde trabajará en la firma Pierre Cardin y estudiará de noche. Un día a la semana invitaba a los niños del barrio a merendar a su casa.
Siempre mantuvo contacto con el Movimiento Libertario y frecuentó el Centro de Estudios Sociales y Económicos (CESE ) y la Agrupación Confederal parisina. El 9 de marzo de 1995 participó en el acto conmemorativo dedicado a Enric Marco Navidad y el año siguiente participó en Madrid en el encuentro «Libertarias», sobre el papel de la mujer en la Revolución social y la Guerra Civil, y en los actos del centenario del nacimiento de Buenaventura Durruti en Barcelona y Valencia. Amelia Jover Velasco murió el 12 de septiembre de 1997 en París (Francia) .
otras fuentes:
Amèlia Jover va néixer a Cullera (València) el 10 de desembre de 1910. La major de tres germanes, va poder anar a escola i des de molt jove va prendre contacte amb els grups de joves anarquistes que li van proporcionar les primeres lectures i la van iniciar en la ideologia llibertària.
Amèlia va ser una jove molt activa a la qual li agradava especialment la natació, en uns anys en els quals no era freqüent que les dones sabessin nedar. També tocava el piano i era una bona estudianta, li hauria agradat poder estudiar per a llevadora, però les circumstàncies de la guerra l’hi ho van impedir.
Casada amb Joaquín Crespo, militar de la República, va tenir una filla i es van traslladar a viure a València, prop de la presó Model. La proximitat entre la seva casa i la presó va servir perquè Amèlia ajudés els seus companys detinguts en les vagues de 1932.
En València, la seva activitat laboral la combinava amb diferents treballs, com a mecanògrafa en l'Ajuntament d'aquesta ciutat i com a cuinera en l’establiment Viena Automàtic.
Després de tres anys de convivència, Amèlia es va divorciar del seu marit el 1933 i va tornar a contreure matrimoni en la població d'Albuixec amb Antonio Zaragoza, marí republicà.
Afiliada al sindicat gastronòmic de la CNT de València, va ajudar a crear la secció femenina del sindicat en la qual va ocupar el càrrec de secretària. Formava també part de les Joventuts Llibertàries i d’un grup naturista pertanyent a la FAI.
Amb l'inici de la Guerra Civil va ser elegida secretària de la secció políticosocial de les Joventuts Llibertàries i nomenada delegada representant de les Joventuts en el Comitè Regional de les Joventuts Llibertàries de Llevant. Així mateix va intervenir com a oradora en els mítings d'Afirmació Juvenil Anarquista, organitzats per la Federació Ibèrica de les Joventuts Llibertàries i va escriure diversos articles per a la premsa anarquista Senderos. Boletín orgánico del Comité Regional de la FFJJ de Levante. Igualment va pertànyer a la Secció de Defensa del Comité Regional de Llevant.
Amb la victòria franquista, Amèlia va ser detinguda en el port d'Alacant i internada en el Cinema Ideal, convertit en centre de reclusió femenina. Poc després va ser reclosa en la presó d'Alacant. Posteriorment, en el trasllat a València va aconseguir fugir al costat d’altres dues companyes, però va tornar a ser detinguda i empresonada en la presó Convent de Santa Clara en la ciutat de València. Amèlia, que en aquestes dates estava embarassada i pendent de judici, va ser ingressada en l'Hospital Provincial de València on continuava privada de llibertat i sota vigilància. La seva segona filla va néixer al novembre de 1939 en l'Hospital Provincial d'on Amèlia va aconseguir fugir amb l’ajuda de la Confederació.
Després de molts avatars i treballs, va arribar a França on va ser conduïda al camp de Bram. Passats uns mesos, va aconseguir fugir amb la seva filla cap a Tunis, on s’havia exiliat el seu marit.
Va retornar a França el 1962, i s'instal·là a París, on va prendre contacte amb l'organització del moviment llibertari, i passà a formar part de l'Agrupació Confederal de París. Va viatjar en diverses ocasions a València i estigué en contacte des dels anys seixanta amb el comitè clandestí de la CNT. En els anys setanta assistia a les reunions clandestines de la CNT a València.
En els seus últims anys de vida va col·laborar amb la Fundació Salvador Seguí de València i va assistir a diversos actes d’homenatge al Moviment Llibertari.
Amèlia Jover va morir a París el 12 de setembre de 1997.
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