Aquella ventanilla,
la de un autobús,
la de aquel día,
me ataba al paisaje,
me hacia más suyo
en aquella huida,
de mi familia
en búsqueda de trabajo,
ello en sí una gran aventura.
El pueblo que se queda
en una recta que se ve
después de una gran curva
y allí una torre y unas casas
y una escuela y un molino
y la vida de mis antepasados
unos ya muertos
y otros todavía vivos,
siempre visibles
alrededor de un fuego
y de sus cenizas.
Me recluí en mi mismo,
me quedé observando
durante esa travesía
a la ciudad cuyas casas colgando
resultaban muy atractivas
y por allí una estación
de la que me llega todavía
el olor a carbonilla.
Autor: José Vicente Navarro Rubio
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