viernes, 6 de febrero de 2026

POESÍA: JOHN QUERÍA A DOROTHY

John quería a Dorothy
a su manera ella le traía suerte.

Era un amor de verdad
de aquellos de más de una noche.

En las grandes praderas
se llega a estimar a las personas 
por lo que ellas valen.

Ella era sentida y agradable,
esto pensaba John
que no conocía más allá
de lo que eran las extensas tierras
del rancho grande.

Con las puestas del sol
el gran salón se convertía 
en un lugar agradable,
donde los hombres 
después de enjuagarse 
enérgicamente la cara,
tocaban las armónicas y guitarras
hasta caer al suelo tan borrachos
que era imposible, 
el alzarse de aquellos suelos
hechos con tablones de encinas
y pinos negros 
de las altas cumbres,
donde vivían los indios, 
lobos y coyotes.

Dorothy se les apañaba 
para ser ella la reina 
de aquel poblado, 
donde un cherif
con barba y grandes bigotes,
hacia de la justicia 
lo que el cuerpo le pedía,
para cuando algo mal iba
y se tenía que echar, 
con pistolas y rifle, a la calle.

Aquello era así,
no porque 
así lo quería el hombre,
todo venía rodado, 
no había posibilidad de escape,
así se vivía siempre 
pensando en el presente.

Por allá el trabajo de la fragua
con su fuego permanente,
el de la barbería 
con aquellas tijeras y navajas
entorno a los cuellos
rasurando las barbas 
 y por acullá los hombres
esperando su turno 
para asearse 
y así lucir los fines de semana
su semblante más amable.

Vidas aquellas que uno recuerda 
para cuando le vienen
los olores de los prados con su heno 
y la hierba crujiendo al paso de quienes
con sus botas hieren 
aquello que a su gusto nace.

No se desperdicia nada en este relato,
se ve una cuadra y entre balas de forraje
 comiendo a caballos
que nerviosos esperan que alguien
mate su hambre y más arriba yendo por una calle
el despacho del doctor que se entretiene
limpiando sus utensilios en una zafa llena de whisky.

La noche se deja ver lejos
por  donde se ven unas cruces 
de madera en el suelo y debajo a bien saber cadáveres.

Desde esos confines 
ásperos y no olvidables
 vienen los aullidos cuando la luna sale.

Ya se ve un transitar de personas que van y vienen;
desde el ultramarinos a los carruajes;
desde el hotel
al salón de copas y de baile; 
desde la iglesia 
a cualquier casa donde la fe vive
postergada detrás de unas puertas 
que de vez en cuando se abren.

No son horas de ver llegar carruajes 
ni de más indios cerca
que aquellos que en la cantina beben,
mientras miran y piensan 
por qué manitú se olvido de su pueblo
y por qué ellos ya no son los duros guerreros
de las paraderas por las que se veía a los búfalos 
en ya perdidos días que para nunca más volverán
por mucho que de ellos se hable.

Jonn quería a Dorothy 
antes de que unos cuatreros
le volaran la cabeza de un disparo
a pie de calle,
mucho antes de  que este poema se escribiera
y todo en la mente
tomara esa forma 
que en este poema se ve
con solo al texto asomarse.

Autor: José Vicente Navarro Rubio



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