La noche que no muerde no es noche,
no es nada,
los perros no ladran ni se oyen,
ellos se marchan a las curvadas cimas
de las montañas,
para ser lobos aullando,
a falta de amos que les rasquen las testas
y les rían las gracias.
Pasan en la noche las aves buscando guaridas
y charcas hasta que terminan
con los cuerpos destrozados por las palas
de los molinos que no se parecen en en nada
a los del libro de D. Quijote de la Mancha.
Retuerce el dolor a una gata, negra y preñada
al sentirse abandonada,
por la luna que con su embrujo la enamoraba,
y es cierto que las horas por las noches marchan
a lomos de mulas cansadas,
recorriendo esos espacios que se escapan
a las miradas.
Nadie presume de otra cosa que no sea
el irse a la cama,
en esas noches en que el frío inunda
los lugares más reconditos de las moradas,
para hacerse mensajeros
de una muerte anunciada del calor,
que se marcha
con las ùltimas brasas,
que en una chimenea se convierten
en humo y cenizas y en carbón que pinta
la cara,
de quienes juegan a ser
parte del alma,
de lo inmaterial que es la noche,
sin más sustancia que lo que no se toca
por mucho que las manos busquen
telas de arañas.
Autor: José Vicente Navarro Rubio
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