Ojala las mañanas sean siempre iguales.
Es aquello que podemos decir,
ahora que las hojas se caen de los árboles
y que los nidos,
todavía en su interior los guachos,
se quedan a la vista de los rapaces halcones.
Uno se mira y se ve
y se siente abatido por el dolor que dejan
las heridas que no siendo de muerte
perviven a lo largo del tiempo
supurando gritos y alaridos de perros
guardianes.
Autor: José Vicente Navarro Rubio
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