La plaza desde la calle de las Eras,
estaba allí abajo,
tan cerca,
que con solo extender las manos
a ella se llegaba
antes de que tocaran el suelo
las suelas
de aquellas zapatillas
que eran,
ya en cualquier época del año,
la buena demostración
de que la pobreza
siempre honra
a quienes con el paso
del tiempo,
que es un regalo,
vuelven la cabeza
y se sienten
de aquellos otros tiempos
embrujados.
Plaza era
con su pozo
y con su fuente,
con su encanto,
lugar de encuentro,
teatro,
con escenas propias
de un Quijote rancio,
con sus recuerdos enmarcados
entre tañidos acompasados
de campanas al aire avisado
de que el tiempo es humo
que se escapa de las manos.
Poyos y bancos, portadas
y puertas,
calles de guijarros
postes de madera
de las paredes colgando
con sus filamentos de cobre
lanzando chispazos
y bombillas en lo alto dando
vida a las sombras
y miedo a los aldeanos.
Y de las tabernas
en este retrato
hombres llegando
del campo,
con sus tragedias
y ásperos relatos.
Fiestas si las hubieron
se colaban con un cazo
entre cuervas y chispazos,
y algún que otro codazo
de quien aprovechaba
un pasodoble muy acompasado
para alargar
más de lo que toca
los brazos.
Autor: José Vicente Navarro Rubio
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