Sin venir a cuento hace calor,
ya no son tiempos ni de mantas
ni de llevar encima del cuerpo
más allá de lo necesario,
eso que se entiende que sirve
de protector al cuerpo.
La montaña respira por sus poros
en este día que se abre
entre grandes destellos
del Dios sol sobre las aguas domesticadas
de un Mar Mediterráneo casi muerto.
Estamos en ese ecuador de una semana
que nos ofrece un buen veraneo.
Al fondo veo un castillo
sin soldados en sus torreones
ni labriegos,
ni nadie intentando entrar por la fuerza
dentro de ese parámetro,
que fue en otra época
de un valor defensivo extremo.
La ermita esta cerrada
vigilan las golondrinas
después de una larga noche
de sopores de infierno
y se ve cerca del camino de bajada
de este santuario a una bahía abierta,
como sube una maquina desinfectando
el trayecto,
por eso de las garrapatas
y de los meadas de los perros.
Irrumpe la urbe
El Faro, San Antonio,
su río Júcar y puerto,
millares de apartamentos,
zonas residenciales,
pinadas
y parques para juegos.
Todo lo veo
cerca ya de una cornisa
sin muchos ornamentos
y se divisa a la ciudad dormitorio
que acoge a veraneantes
y a quienes viven por estos suelos,
ella tranquilla,
ella durmiendo,
mientras unas barcas salen a la mar
para pescar aquello
que se deja coger por culpa
de su poco calculado entendimiento.
Autor: José Vicente Navarro Rubio
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