Desde la cumbre de la montaña
la ciudad se ve como un gran hormiguero.
Se contempla el transitar de las gentes
ya ellas y ellos
en forma de pequeños puntos negros
y se oye el abrir de las primeras tiendas,
las persianas al levantarse
dejan una especie de rugido
retenido en el cielo
y en el mercado hay puestos
con sus productos expuestos,
mientras otros todavía a la espera están
de que sus dueños lleguen
para decorarlos con productos perecederos.
Por aquí se respiran los sabores
del día ahora naciendo,
ya los árboles son fieles compañeros
siempre elegantes y dispuestos
a ejercer de guardianes de nuestros secretos.
Autor: José Vicente Navarro Rubio
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