lunes, 29 de julio de 2019

CAMINO DE LA HOZ, DE LAS CANTERAS, DE LA MORALEJA

CAMINO DE LA HOZ, DE LAS CANTERAS, DE LA MORALEJA

Quizás los ríos no lleven a ninguna parte
y sus caudales solo sean
algo así como el viento corriendo
sobre las cabezas de espigas en las siembras.

La marcha fue lenta,
había que descubrir el corazón de piedra
de la madre naturaleza,
así el camino se alargaba, iba por una vereda,
de frente los espacios con machas verdes y negras
y a la izquierda
un monte de carrascas con más fieras
que los saltamontes saltando en mitad de la senda.

Pastos sin ganado,
ya la vertedera allí donde se cosechan
hilos de araña, en alguna era,
sigue la mañana
por aquellas viejas Canteras
donde un día alguien que tengo cerca
dice que rompía los terrones de consolidadas arenas
y dentro en su corazón de arenisca parda como las cabezas de las ovejas
las pitas decoradas con surcos hondos tal almejas.

La mañana deba para que corrieran las piernas,
entre las piedras viejas
se mueven las ramas secas
de un almendro
que solo Dios sabe el tiempo que espera
que llegaran los niños que por allí jugaban
a ser fuertes como los brazos de acero del padre que los miraba de reojo
no fuera
que el sol se les subiera a la cabeza.

Apreta el cinto la senda, se estrecha
y ya en el pozo con aguas que se beben las avispas y abejas
la mañana se vuelve tibia
como si fuera
que quienes por allí caminan no supieran
que un poco más adelante
quedan
los restos antiguos de un caserío y su paridera.

En la mañana descubrimos la existencia 
de aquello que se mañana amar a la madre naturaleza
y llevados por el sopor que una bota de vino nos presenta
continuamos aspirando sabores que no se pagan con ninguna moneda.

La Hoz madre de casi una sierra
nos enseña
los viejos lugares casi escuela
de una generación de labradores que yacen bajo la tierra
y así un colmenar, solar que recuerda,
un corral de ovejas,
nos abre sus brazos
es como si supiera
que al otro lado de La Morreta,
en una aldea
llamada la Moraleja
una familia confundida con el sol que que nos pega
nos espera
para darnos la bienvenida y recordarnos lo fértil que es la vida
si de vez en cuando recuerdas
lo que eres gracia a esa herencia
llamada genes que circula desde los pies a la cabeza
por mucho que alguien diga que la fortuna es aquello que se conserva
en una caja fuerte a la espera de con ello comparar ligerezas.

De vuelta entre olmos
quizás alguien sepa
que por allí caminaron hombres y mujeres a lomos de mulos,
de carros y de galeras
y que los viejos troncos heridos por las sierras
allí donde brotan ahora ramos de olivos que se ríen de nuestras ocurrencias
fueron en otros días algo más de lo que se ve ahora en apariencia.

Ya de vuelta viejos cascos de botijos y vasijas
en un campo comido por la siembra
nos indican con su vieja apariencia
que por allí andaron otros y otras en otras épocas
sacando el paleduz para alimentar con su dulzor de caña tierna
la boca de quienes soñaban correr detrás de las estrellas.

Campo de trigo, casi pradera
y un aire suave
lamiendo nuestras cejas
nos invita con su suave inclinación de cabeza
a que sobre el suelo tumbados
por encima un cielo sin estrellas
sintamos el olor de las amapolas
como si fuera
la vuelta a un pasado que cada vez más cuesta.

Y así camino del molino
se nos queda
el recuerdo de una tarde
quizás, Dios quiera,
qu esta sea una más
y que detrás de ellas vengan
otras y otras y así sumando monedas
el viejo bote de cristal que yace en una derruida pared en las Canteras
se llene de aquello que solo sirve para que sigamos siendo niños que juegan
a no perder su inocencia

Autor: José Vicente Navarro Rubio

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