Y aunque duerme Cullera
su escenario es el mismo
visto desde los ojos de un gato
algo así como una lata de sardinas navegando en un río.
Trae la noche lluvia,
murmullos,
voces que se pierden
como si fueran hilos
de palabras sueltas
tejiendo para el invierno un abrigo.
Subiendo al castillo
el cielo se viste de nubes
y la montaña de precipicios,
de ciclistas cada cual a su ritmo
y de romeros oscurecidos
por el azul del mar que en el infinito
salpica sobre las arenas la rabia que le sale de continuo.
Bajando es lo mismo,
depende por el lugar,
tres lugares distintos,
entre torreones que se alzan sobre un suelo de rocas dormido,
entre casicilios, cruces y figuras de los apóstoles y Cristo
o por la carretera que llega hasta allí donde una ermita se levanta entre pinos.
La noche con su ruido,
peleas de gallos,
con espolones de acero duro,
sobre las mejillas surcos
así en Cullera
el verano se marcha en un agosto duro
Autor: José Vicente Navarro Rubio
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