la senda era un mar,
quise decir
un mar de soledad,
estrecha,
con guijarros,
con curvas sin parar,
todo arbustos
y poco más,
de vez en cuando un majano
como testigo especial
de una determinada propiedad,
un pino perdido,
una señal,
que lleva
de uno a otro lugar.
la tarde por explotar,
el cielo azul,
el calor en sintonía
con lo que de él se podía esperar
y así se llega al principio
que es el final
de lo que veníamos a contar
Autor: José Vicente Navarro Rubio
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