Ayer el viento no pegaba de cara,
era un viento mezquino y traicionero
empeñado en ejercer el mando
por aquella perdida plaza.
era un viento mezquino y traicionero
empeñado en ejercer el mando
por aquella perdida plaza.
Era parecido mi periplo mañanero
a una especie de viaje
a ningún sitio
y así estuvimos un rato,
dudando entre seguir
con el último verso
o dejarlo,
al fin cogimos una solución salomónica
y este es el resultado
de lo que les cuento,
si es que quieren oírme
o al menos leerme.
Me fui del viento
y me puse en mi sitio
tras las visibles cristaleras
que dejan llegar
hasta allí donde
se ponen en marcha los deseos.
Autor: José Vicente Navarro Rubio
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