Y vuelve la guitarra
que se ajusta a un ritmo
a unos dedos que sobre ella mandan.
Guitarra que se deja acariciar
hasta ese extremo
en que se alza el alba
y surge del interior
de una especie de cascada
el eco divino de una alabanza
al Dios supremo
de todas las religiones
entre si hermanadas.
Autor: José Vicente Navarro Rubio
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