Estaba terminando este poema
de escuela de párvulos,
de desdeñosa y mala presencia
y he salido al balcón
para ver como la lluvia anega
la calle cargada de pisadas
con nulas presencias
de seres humanos a estas horas
en que la noche nos bosteza.
En la primavera la lluvia deja
esa especie de misterio
que es ver como la humanidad se las arregla
para salir al encuentro
de quienes declaran
guerras y más guerras,
sin importar en lo más mínimo
lo que la gente en particular piensa.
Llueve por activa y pasiva
y se observa su fuerza
para cuando miramos la farola
que alumbra esta calle
de un pueblo cualquiera.
Se ven cortinas enteras
de gotas de aguas
trazando en el aire líneas rectas,
que se pierden
para cuando más
uno de ellas se aleja.
La primavera es dulce
como el azúcar y morena,
es el duende que nos lleva
por esos lugares
que solo existen
allí donde no hay materia.
Autor: José Vicente Navarro Rubio
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