Hoy se derriten hasta los polos
y bombones de chocolate
y dulce caramelo,
con solo mirar hacia allí donde
pasan los aviones dejando
surcos en el cielo.
En el pozo de las Pitas
se pueden freír,
de llevar mechero,
en sus dulces aguas huevos,
usando como sartén
latas viejas de berberechos.
En la pisada del Buey
llevan gorras los conejos
para protegerse del calor
a estas horas y momentos.
He pasado por la Montesina
y he visto a un mochuelo
refrescando su cabeza
en un vaso lleno
de cubitos de hielo.
Por la Casa Casa Blanca los juncos
parecen fideos
enrollados entorno a un tenedor
dispuestos para comérselos.
En los majuelos se ven
a los alacranes huyendo
camino de alguna poza
por miedo a quedarse pegados
a algún terrón seco.
Dicen en el Castillo,
bien saben de nuestro genio:
¡Chorra con los de ese pueblo
tan de todo llenos
de orgullo y talento!
Y es que los calores
desde nunca han sido eternos
por estas tierras y vallejos.
Será por eso que en Pinarejo
se combate el calor,
desde todos los tiempos,
con gracia y pocos lamentos.
Los de nuestro pueblo sabemos
que por mucho que protestemos
siempre saldrá alguien diciendo:
¡Qué flojos son estos de Pinarejo
que ya fundido el hierro
se quejan y no sabemos
el por qué de tanto lamento!
Nosotros a lo nuestro,
a verlas venir llenos de cerveza
hasta el mismísimo cuello
ya de patejas metidos
en una tinaja de vino bien fresco.
Dejo la cabeza fuera del tiesto
para que nadie diga
que burros y burras
son estas y estos,
de ese pueblo tan en la Mancha
y tan ellas y ellos grandes
y por supuesto eternos
como el propio Capitán Trueno.
Autor: José Vicente Navarro Rubio
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