
nadie olió su perfume,
era en la vega baja de un río
la muerte que llegaba en forma de trino.
Dicen que venían los Reyes de Oriente
que traían bajo sus sayas escondidos
regalos que llevaban a las niñas y niños que duermen sueños dulces,
sueños regados con miel y mermelada de membrillo
y vino ella
la que llevaba guadaña y traje de sayal negro de luto
y trajo, así la pandemia muestra sus instintos
la muerte, verso olvidado en las páginas de un libro
A menudo el estornudo
acaba en eso,
solo en eso en un susto,
pero en otras ahí está el peligro
en el aire bate sus alas
y se convierte en un aguijón profundo
que hiere a quienes son más vulnerables ancianos y niños.
Camina el virus hasta allí donde los mares se abren.
Sin barcos no hay rutas que lleven a ningún destino,
se esconde y encuentra cobijo
allí donde los seres humanos nos sentimos más íntimos,
en el abrazo que se cierra ¡quizás sea el último!
en el beso en la mejilla, en la caricia que sella un amor profundo.
En la noche de todos los siglos
la muerte se anunciaba con sollozos y gritos
desde Oriente vino
para quedarse y se hizo su sitio
tal y como se le llama
con su corona y su virus
rompe los pulmones y sella un pacto íntimo
con el ser humano que pensaba en un fin distinto.
Abrí la puerta
corrió el perro tras la sombra de un ciprés en un camino,
cerró la puerta
y sucumbió al miedo que se encierra en la mente de un niño.
No hay lugar,
ni poyo,
no hay cobijo
tras la puerta cerrada saltan las alarmas
que se anuncian en la prensa de un domingo.
De pequeño el coco surgía en las noches de todos los siglos
y lo hacia a sabiendas de que solo era un susto,
el coco vive
yo lo he visto
en la cara asustada de una anciana llamando por teléfono a su hijo,
en el pánico de quien se llevaba de los escaparates de un comercio distinguido
mercancías que dan para comer casi un siglo.
¿Qué digo?
Llegó.
Se llama coronavirus
¿Qué digo?
Está siendo combatido
que traían bajo sus sayas escondidos
regalos que llevaban a las niñas y niños que duermen sueños dulces,
sueños regados con miel y mermelada de membrillo
y vino ella
la que llevaba guadaña y traje de sayal negro de luto
y trajo, así la pandemia muestra sus instintos
la muerte, verso olvidado en las páginas de un libro
A menudo el estornudo
acaba en eso,
solo en eso en un susto,
pero en otras ahí está el peligro
en el aire bate sus alas
y se convierte en un aguijón profundo
que hiere a quienes son más vulnerables ancianos y niños.
Camina el virus hasta allí donde los mares se abren.
Sin barcos no hay rutas que lleven a ningún destino,
se esconde y encuentra cobijo
allí donde los seres humanos nos sentimos más íntimos,
en el abrazo que se cierra ¡quizás sea el último!
en el beso en la mejilla, en la caricia que sella un amor profundo.
En la noche de todos los siglos
la muerte se anunciaba con sollozos y gritos
desde Oriente vino
para quedarse y se hizo su sitio
tal y como se le llama
con su corona y su virus
rompe los pulmones y sella un pacto íntimo
con el ser humano que pensaba en un fin distinto.
Abrí la puerta
corrió el perro tras la sombra de un ciprés en un camino,
cerró la puerta
y sucumbió al miedo que se encierra en la mente de un niño.
No hay lugar,
ni poyo,
no hay cobijo
tras la puerta cerrada saltan las alarmas
que se anuncian en la prensa de un domingo.
De pequeño el coco surgía en las noches de todos los siglos
y lo hacia a sabiendas de que solo era un susto,
el coco vive
yo lo he visto
en la cara asustada de una anciana llamando por teléfono a su hijo,
en el pánico de quien se llevaba de los escaparates de un comercio distinguido
mercancías que dan para comer casi un siglo.
¿Qué digo?
Llegó.
Se llama coronavirus
¿Qué digo?
Está siendo combatido
No hay batalla que no se gane,
Todas las batallas finalizan en lo mismo
con el malo abatido.
Todas las batallas finalizan en lo mismo
con el malo abatido.
Autor: José Vicente Navarro Rubio
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